La Pintura de Eduardo Rosales, Artista madrileño fallecido sin cumplir los treinta y siete años, era como su cuerpo: magra, nervuda, racial.
La única que, en las Exposiciones Nacionales en que participó, hizo recordar a Velázquez.
Empero, fue generalmente rechazada, incomprendida, sobre todo su Muerte de Lucrecia, y no digamos el Desnudo de mujer, considerado entonces como un simple boceto… Y allá arriba se quedó, en el techo, donde apenas se podía ver, cuando la instalación de las obras de Arte Moderno se hallaba en las Salas bajas del Prado.
Escribiendo a un amigo sobre la incomprensión hacia su Lucrecia decía que la crítica no había entendido absolutamente nada su cuadro, realizado con inusitada violencia de pincelada, de ejecución desaliñada y brutal…
Era demasiado cuadro para la crítica ignara de entonces aquella Pintura.
El cuadro – decía – no estará, si quieren, terminado, pero está hecho. No a la manera en que seducen a la vista las pinturas coetáneas, relamidamente miméticas.
Por eso no quiso vender nunca la Lucrecia, tan amada…
