Me asaltan, desde hace varios días, sin saber por qué, inexplicables miedos sobre mi fin próximo… o quizá sea más bien por la inestabilidad y fugitividad de todo lo que aquí abajo alienta. ¿Pensará la gente en la muerte? ¿que todo cuanto aquí amasemos no sirve sino de impedimento? Veo a los humanos preocupados en sobresalir, por la fama, en destacar sea como sea. El salir en la foto les hace felices, y caminan sin presagios ni vagos pesares siquiera. Noto en mí una claridad absoluta sobre lo que somos , es decir, nada. Caminamos sobre una agua incierta que nos ha de engullir; sobre una tierra que en cualquier momento puede abrirse a nuestros pies.
Me acuerdo mucho de aquellas palabras del oblato trapense Rafael en carta a su hermano Leopoldo:
Queridísimo Leopoldo, queramos o no, efectivamente, peregrinos somos… ¿por qué hacer aquí asiento? Miremos esa tierra en la que los hombres necios ponen sus esperanzas, tienen sus guerras y esconden avaros sus tesoros corruptibles y miserables…
¡Qué suerte, hermano, el que de veras se considera extranjero en el mundo, y sólo sueña con Dios y con su verdadera Patria!
¡Y pensar que ayer un torero casi lloraba de indignación y de tristeza por no haber conseguido la segunda oreja!
