Unas veces se desarrollaban en su casa madrileña de la calle de Espronceda. Otras bajo el palio de luz tamizada y discreta de la gran rotonda central del Palace… Ora sobre la Melilla netamente española de su niñez ora notando la demasiada falta de cultura histórica cuando se ignora que ya desde 1497 Melilla queda incorporada a la corona de Castilla.

A veces se hacía el silencio, rumiando yo tanta experiencia y tanta sabiduría históricas de Seco Serrano. O, hablando del Archivo Narváez, elogia a su maestro Jesús Pabón y Suárez de Urbina, que a la postre lo estudió y organizó. Su libro Cambó – me dice – es el panorama más completo que existe de la historia contemporánea de Cataluña.

Aquellas tardes, plácidas y tibias de Febrero, aquí, en el Palace Hotel, mi maestro quería hablar mucho, y lo hizo, de Alfonso XII, nuestro rey predilecto. La primera edición de su libro sobre este gran monarca se iba ya agotando…

Más allá de sus amoríos intempestivos (tras el fallecimiento de su prima y muy amada esposa la Reina María de las Mercedes) y desparramadores de su preciosa salud que llevaron al borde de la frontera – para marcharse de España – a S. M. María Cristina de Habsburgo, la discreta regente de España, Alfonso XII fue un hombre integérrimo al que no le dolieron prendas meterse con los apestados en Aranjuez y en el barro hasta la rodilla en la tristemente célebre riada de Santa Teresa, en Murcia, de Octubre de 1879.

Y yo le recordaba aquel número de la venerable Ilustración Española y Americana con el grabado en plancha de madera de boj, basado en un dibujo de Juan Comba, en que el Rey romántico, en el lodo de Alcantarilla o de Nonduermas, extiende los brazos en señal de salutación de cobijamiento a un pueblo que le besa las manos, se extasía ante su presencia y baja también la cabeza en la infinita pesadumbre de su desgracia. Los rotos enseres pobres llegan envueltos en el tarquín hasta las botas reales, manchadas también de barro. Y un coro de afligidos enuncia su lamento y grita y se estremece. La magra figura del Rey ya tuberculoso queda justamente en el centro del dolor, acendrado y vivo. La luz es triste, grisácea, presagiadora. Restos de casas y ermitas en lontananza, todo vencido por las aguas traicioneras del Segura. Quedará siempre en el recuerdo de este grabado – le dijo a mi sabio maestro – la mirada melancólica y como abstraída del monarca popular, en su dimensión psíquica de suave tristeza comprensora, de predestinado.

Su Majestad el Rey Alfonso XII en la Riada de Santa Teresa.

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