Todo el mundo – al llegar sus fiestas de Primavera – se viste en Murcia a la manera de la Huerta de antaño. Pero ya casi no queda Huerta: la de las sendas; la de los brazales y acequias a rebosar de agua; la de la suave canturía de la abuela al nieto y en el trajín diario; la del verderón y el tintín; la de la venta de leche, con el hato de cabras, por los portales; la del blusón negro que tenía de arriba abajo una fila de muchos botones muy juntos y pequeños…; y, sobre todo, la de la hospitalidad y la bienquerencia que dondequiera reinaba. Esa es la paradoja y la gran mentira del llamado Bando de hogaño, con su pintoresquismo cutre de pantalón vaquero y chaleco, con su limosneo de viandas, con su mercaduría de sillas, con su evocación muerta de barraca de feria.
De modo que yo, huyendo del tumulto cierto, me quedo a la vera del huerto mío gozando del naranjal colmado de azahares y de la gloria del día, y leyendo, a ratos, alguna perolata, soflama y cuento de Frutos Baeza.
