Los hijos van, vienen, comen, desaparecen. No hay momentos siquiera para sosegar en el diálogo, en el intercambio de opiniones. Y no les gusta ser aconsejados. Cuando musitamos – al menos yo – alguna conveniencia para ellos, el ceño denuncia su disconformidad o su desagrado. Hay que atraparlos entre el aliño, el comer, la infinita contemplación – casi mística – al móvil, la redundante tangencial atención a las violencias del Telediario y las avenencias contemporizadoras, pero falaces, con las voces atrabiliarias de los agentes de ventas. Esta incapacidad o dificultad para la comunicación social ya la anticipó, en los sesenta, el cine de Ingmar Bergman y, antes, la filosofía de Sartre y el teatro de Arthur Miller.

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