Voy releyendo aquel Diario de un Pintor, de Ramón Gaya, con dedicatoria autógrafa, que me vino ayer. Anota, con más tino y psicología de lo que él mismo pudiera creer alcanzar, lo siguiente: Van Gogh – tan reconocible siempre – no busca jamás un estilo, sino una forma de expresión; una forma, claro, que no sea una ‘manera’; puede parecer, a veces, que ha caído en una ‘manera’, pero Van Gogh – como les sucede siempre a los más grandes – escapa y se salva, con naturalidad, de todos los peligros; los artistas pequeños o inauténticos, en cambio, cuando caen de bruces en una manera se acomodan allí, tranquilamente, creyendo haber encontrado un estilo, el estilo.

Lucubración que contiende con lo que de Francisco de Goya decía Bernardino de Pantorba: De haber sido artista de menos potencia creadora se hubiera rendido a la decadencia; habría incurrido, como la inmensa mayoría de los artistas viejos, en el mezquino remedo de su obra pretérita, en la torpe repetición de aquello con que logró el éxito. Pero el alma de Goya, no gastada ni abatida nunca, vibraba siempre, insatisfecha siempre…

Los más de los adoradores hoy de la pintura de Gaya nunca han considerado (no ya tal autoconfesión paradójicamente anticipada de lo que iba a ser con el tiempo su pintura) la fatal incapacidad de este pintor murciano para zafarse de tan funesto acomodo a la manera, engañándose antes a sí mismo que a los contempladores de su debilidad.

Obra de Ramón GayaUna obra de Ramón Gaya.

Deja un comentario