Tan engreídos andamos los críticos y teóricos de hoy día con señalar innovaciones estructurales y estilísticas en las obras de arte, que semejamos también nuevo coro de grillos cantando a la luna, como dijo Antonio Machado.
En la novela moderna, verbigracia, parece haber sido fulcro teórico de su composición y carácter el procedimiento denominado behaviorista, merced al cual se dijera no entra subjetivamente en el relato el autor y ofrece sólo tangenciales referencias a una actitud y comportamientos más complejos en las vidas de los personajes, salvados con sólo contingentes, adherentes, pasajeras notaciones.
De esta aparente dispersa multipolaridad formal, pero con hondísimo calado psicológico, da fe ya una obra compuesta en el siglo VIII antes de Cristo: la Ilíada. Centrémonos brevemente en el pasaje aquel en que dialogan Héctor y Andrómaca, su esposa. Dice el rapsoda que a ésta acompañábale una sirvienta llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente.
Imposible mayor desnudez narrativa y más sabia profundidad psicológica. En esa sonrisa silenciosa está todo el amor, toda la afección removedora del alma, pero sin alharacas, de quien va para el combate y a despedirse, acaso para siempre, del hijo de sus entrañas. Así de dura, de veraz, de taladrante, pero de delicada también, la al parecer elusiva alusión psíquica magistral.
