Golondrinas, poesía tendida en el vuelo de su arco, a la tarde, conjurando las nubes de mosquitos que torturan al hombre.
El verano sedimenta las cosas, las apelmaza y empereza.
El tedio de la costumbre, de la permisividad, del paréntesis contemporizador. Es bueno que no abrume, que no dirija, que no imposte nada nuestro.
El verano es un inmenso y lujoso salón de baile… donde no hay nadie.
El verano es solipsista, espeso de renuncias, ladrón de indolencias.
El verano no da nuestro perfil de soledades : siempre va desandando las anchuras de la carne.
El verano desprotege ; no ensimisma, no espiritualiza.
El verano es carnal sin carnestolendas.
El verano lo dulcifica engañadoramente todo ; lo pule y lo repule.
El verano tiene ensoñaciones, sí, pero de corto vuelo: no sabe dilatarse, no puede, hasta la sutileza metafísica.
El verano anquilosa y estructura el espíritu.
El verano lleva su chuzo, cual los antiguos serenos, pero no farol.
El verano dirime y dilata ; pero no plantea ni analiza.
El verano es caña de azúcar, sin melaza.
El verano es entrega, no ilusión emocional.
El verano es botella descorchada, sin embrujo, sin duende.
El verano se pone a nuestro arbitrio aparentemente. Nunca, sin embargo, se da.
El verano habla y habla y habla.
El verano parece estación y es tránsito.
En verano lo único sutil , dúctil y adaptable es el pay-pay…
