José López Rico, yerno del que fuera Director del periódico “La Verdad” y excelente escritor José Ballester Nicolás, me dijo ayer haber interrumpido sus investigaciones sobre el compositor murciano Antonio López Almagro porque “aquéllas se le abrían hacia la Villa y Corte, pero como su mujer está enferma para tiempo, ha decidido dedicarse a su mujer”. Admirable decisión la de mi discreto e inteligente amigo.
Antonio López Almagro ejerció su vocación educadora desde la cátedra de Harmonium de la Escuela Nacional de Música y Declamación, redactó métodos para dicho instrumento y para el acordeón, compuso piezas de diversos géneros, fue editor de música y participó en varias asociaciones profesionales.
Probablemente conoció a Rosales en Murcia, en 1872, primera de las dos estancias del gran Pintor en nuestra ciudad. Aglutinados por Fuentes y Ponte, habían venido a la capital del Segura (de la mano también de Mariano Soriano Fuertes y del propio López Almagro) el compositor y bibliófilo Asenjo Barbieri, Eduardo Mariátegui, comandante de ingenieros militares, y Luis del Castillo, diplomático de profesión.
A más de su intención de conocer la Semana Santa murciana, les unía la pasión por la Música y los libros antiguos. A Rosales sólo aquélla, pues tocaba ya muy bien el violín, según confesó años después su hija Carlota a Carmen de Burgos. Además, Rosales ya estaba en Murcia desde enero y su anhelo mayor era tratar de curarse de la tuberculosis que lo atenaceaba y aliviar en lo posible el dolor por la muerte de su pequeña Eloísa. Rosales retrató a López Almagro pictóricamente, obra hoy en paradero desconocido.
