Estoy en uno de esos tránsitos ciegos y me ha cogido entre sus brazos la tristeza. Todo o casi todo me parece vulgar, anodino y sin sustancia. Este es un país de incultos, vagos y machistas. Hace falta aún una modalidad literaria que vaya más lejos todavía que el esperpento valleinclaniano. En muchos aspectos no nos hemos alejado tanto (o vuelto tan distantes) de cuanto reflejan los escritos de José Gutiérrez Solana.
La gente no lee, ni compra libros. La lotería ha desbancado al trabajo gustoso y a la propia elaboración del futuro. En Cataluña y otras partes hacen risa del Rey. La política, que había de tenerlo de falcónida, es una farsa de vuelo grosero y rasante de gallinácea. Los centros de Enseñanza Secundaria dan miedo. La Universidad es estulticia. La Religión un mito que se desecha. La Cultura, Edipo en sombras que sólo se detiene en los arrabales y apuntalamientos de las noveluchas. La crítica, un lodazal de mentiras entre amistades y miedos. Las ciudades, templos de la droga, el latrocinio y la irredención. Las afueras, coro de alucinados que secundan los planes malditos de Aminadab.
