Una muerte prematura y que debe ser eternamente deplorada, impidió a Isidoro Solís Latorre dar otras muestras de su profunda vocación lírica que el volumen publicado póstumamente el año 1919 en Madrid, en los talleres tipográficos de “El Imparcial”, con el título de “Ofertorio sentimental”. Ahora que se cumple el sesenta aniversario de su óbito – 5 de septiembre de 1918 – , tan silencioso como su vida, acudimos otra vez a esas páginas para sentir de nuevo la hermosura que encierran.
La niebla de tristeza de Solís durmióse para siempre encima de su alma, que lo amaba todo de amor. Sentía el poeta de Murcia un miedo ciego de infortunios, que parecía que ya anticipaban el triste sino de su andadura por el mundo. No quería ser doloridamente dichoso, y aunque devorado por sus pensamientos ahogándose en una angostura de bondad y de abandono, ofrecía a todos la delicia de su sonrisa. Impotente ante los tempestuosos empujes de la vida, quiso ser llevado a aquella soledad sencilla en que duermen sin asechanza las aves libres en incesante anhelo de maravilla de primavera única.
La poesía lírica era para él, esencialmente, creación, transformación de la realidad circundante por medio de la belleza. La melancolía, el sentimiento más acendrado en Solís, anega cuanto dice, cuanto evoca. Podía brotar de un exceso de razonamiento, de una avalancha de sensaciones – ignoraba si ilusorias o actuantes – que le herían y por las que se sentía absorber despacio, muy despacio.
Durante los treinta años del libro de su vida – había nacido el 14 de junio de 1.888 – una desusada ondulación estética recorre todas las tierras de habla española: el modernismo, movimiento liberador de la forma, “de entusiasmo y de libertad hacia la belleza”, al decir de Juan Ramón Jiménez. Fueron los postreros años del siglo XIX y primeros del XX, sin duda, una época de renovación artística y de hervor estético, como no se había conocido después de la romántica. Pero creemos, con Cernuda, que se minimiza la tarea poética de los injustamente tildados de simples “precursores” del modernismo, entre los que ocupa lugar destacado nuestro Ricardo Gil, pues que se la mide, antes que por su intrínseca valía, por lo que tiene de rebeldía, de una parte, contra el apogeo de la poesía prosaica precedente y, de otra, por lo que tiene de “anticipo” de la poesía novísima, cuyo Apolo verdadero fue Darío. Quiere decirse que lo que de “modernista (tonos, metros, cuido de los efectos sonoros del verso…) cabe encontrar en el “Ofertorio sentimenal” de Solís, antes que en Rubén nos parece aprendido en el autor de “De los quince a los treinta” (1885) y “La caja de música” (1898), en “uno de los poetas más notables y menos notados que ha producido España en nuestros días”, como doloridamente apuntaba Federico Balart en sus “Impresiones…” (1.894). Y era precisamente Ricardo Gil – a quien últimamente se intenta desanudar de tan recio trenzado de silencio – quien ya en 1907 encarecía la delicadeza y ternura, el fino sentimiento de las composiciones poéticas de Isidoro, que a la sazón contaba sólo 19 años de edad.
El manejo hábil del metro y las sutilezas verlenianas de Gil fueron, sin embargo, sólo una positiva orientación para Solís, que pulsaba ya deliciosamente todas las cuerdas de la terneza, de los sentimientos más delicados e intuía el pujante despertar de las literaturas regionales, polen fecundo del movimiento romántico.
Solís se ciñe a los más íntimo de los propios sentimientos, pro también, como otros “dü minores” de aquel Parnaso, resucita a deshora el clasicismo, muerto y enterrado en la época anterior, si bien, frente a otros borrajeadores de versos sin temperamento poético supo robar verdaderamente a Grecia la galanura y pureza de la forma. Y su única obra lírica, el “Ofertorio…”, a pesar del ostensible cruce de influencias que refleja, marca un notable hito en la historia de la literatura de Murcia, como lo marcó “Dolores”, como lo marcaron los delicados cantos a las flores de Selgas.
En este libro poético de bella plasticidad y rara y magnífica perfección ha logrado expresar nuestro autor los estados mas fugitivos de su sensibilidad, inverosímilmente exquisita. Es “un breviario – como él mismo dice – de melancolías y dulzuras”, una voz serena y nostálgica que sabe evocarnos las perdidas rosas de otros días en que los soñares del poeta eran mensajeros de glorias, de amores y de esperanzas. Es, en fin, un canto entusiasta al preludio inmenso de la vida, a la alegría de lo floreciente, atenuada, empero, por cierto escepticismo que no pasa de ser, a nuestro juicio, un tributo a la ideología de las generaciones decadentistas de entonces, marchitas de voluntad antes de haber vivido suficientemente. Claro que nunca es rechazable la hipótesis de vagos presentimientos de su muerte temprana, sobre todo después de leer su soneto en alejandrinos “Nota nocturna”. Sea como fuere, tal tributo a la moda llega a ser pesada tara cuando el poeta murciano se deja mansamente ceñir por su sello, como en las composiciones de “Galantes…”, en que las fiestas versallescas que se describen son un pretexto para la pura musicalidad estrófica.
Por lo demás, el sensualismo del fondo, nueva secuela del precitado anhelo de novedad – formulado en el soneto en dodecasílabos “Rebelión” – supone la adquisición de un vago misticismo (en realidad no hay dolorosas ansiedades metafísicas) en un medio completamente artificial. Cabría rastrear en este sentido la atenta lectura de Banville y de Baudelaire, fundamentalmente. Poemas amorosos que no trascienden de lo corporal, de lo físico como “Venus turbulenta” y “La hora de la lujuria”, abren otro mundo típico: el del artificio de Oriente, receptáculo de otra suerte de refinadas sensaciones, siempre subyugantes.
Pero “Ofertorio sentimental” no es solamente un libro poético de proteicas connivencias temáticas, estróficas y musicales con los de los movimientos literarios tangencialmente señalados lineas atrás. Es el fruto de un verdadero poeta que buscó en las cosas el propio espíritu, espejado en ellas, que sondeó sutilmente en ese relicario de la emoción que es el recuerdo. Quizá sea difícil encontrar en su tiempo poemas de mayor emoción, evocación y hermosura poéticas que el “Elogio sentimental del crepúsculo” y “La oración del Angelus”.
Los otros carices – alardes ornamentales y métricos – eran necesariamente subsidiarios, adherentes, y el propio Solís, fino artista espiritual capaz de pensamiento y de pasión, los superaba a cada paso por su fe y por sus bríos, como sus “helénicas” revelan: vuelta directa y sentida – entusiasta – al clasicismo. De ahí que Jacobo M. Marín Baldo haya calificado a Solís, en el epílogo- elogio que escribió para el amigo muerto, en la edición ya citada, de “astro errante del lírico cielo español que pasó por su azul sin ser notado por el vulgo”.
A nosotros los murcianos corresponde dar a conocer este hermoso libro, reeditarlo, así como otros trabajos literarios del olvidado vate. Murcia, es cierto, no está en las páginas de “Ofertorio…”, en sus composiciones y, sin embargo, aquel dominio de Solís para reproducir las mas variadas sensaciones ópticas y tonos cromáticos (v. gr., en los sonetos “Rima roja”, “Violeta”, “Amarillo”, “Acuarela”) sólo del espectáculo reiterado de nuestro paisaje pudo tan acertadamente nacer.
No fue un simple “dilettante”. Le atrajo siempre el ritmo incesante de la naturaleza que respondía al latir de su propio corazón, y discernía, pensaba, alimentaba propósitos y aspiraciones; mantenía en su mente un orden de ideas propias que las corrientes de fuera nunca torcieron, e imprimía en sus sentimientos un tono de originalidad que no pudo enturbiar ni vencer nunca la influencia poderosa de las tendencias poéticas entonces novísimas. El pudo decir aquella máxima de Musset, tan sabida: “Mi copa es pequeña, pero bebo en mi copa”.
Juan Antonio López Delgado
