Por mucho que últimamente me saquen los amigos de casa, siempre me sentiré en la calle cual fantasma invisible que nadie ve, nadie reconoce, nadie saluda. Es la consecuencia de tantos años en archivos y bibliotecas , en mi casa, con mis libros.
En el Instituto, pocos, muy pocos amigos : siempre pendiente del estudio, de sacar Beca para no defraudar a mis padres y seguir estudiando. En la Universidad, prácticamente lo mismo : ir formándome, ir adquiriendo Cultura, con C mayúscula : la investigación, el saber, los libros amados…
En ese caldo de cultivo, no cabían las mujeres : cabía el sacrificio, la inmensa voluntad en marcha.
Luego el servicio militar, tras de la carrera ya conclusa, incluida la tesis de Licenciatura. Luego, el rango de Doctor aun siendo interino y dando clases de Lengua y Literatura en Institutos de pueblos…
Después, el matrimonio, la boda precipitada, necesaria… para “reparar” una escapada sin sentido. Luego los hijos, las clases y clases y más clases… y, siempre, la investigación, los amadísimos libros.
Nunca lugar ni tiempo para amigos, mujeres y lo que el mundo llama “diversiones” y la vida…
Si sigo cumpliendo años (el que viene, por Abril, haré setenta y uno) me veré sobreviviéndome a mí mismo, viendo desaparecer y modificarse poco a poco las costumbres, las ideas, las instituciones, las creencias y las cosas que, al ser sustituidas por otras más en armonía con la incesante renovación del espíritu, nos dejan, al menor descuido, arrinconados, inadvertidos, cubiertos de orín en la penumbra, junto al añoso árbol de las hojas amarillas.
