El tren, una vez más, me trae a Madrid. Voy a ver a unos amigos, a ver unos cuadros…
No sé qué hace en la Exposición de Fábulas y Mitos el hermosísimo Cristo de San Plácido. Todo él resplandece en esta misérrima sala semioscura ; ni una sola se salva (en la Muestra del Prado) de la casi carencia de luz. Me he ido, antes de sumergirme en la mitología velazqueña, a purgar mis ojos alicaídos y velados de sombras en el Bosco, en Brueghel el Viejo y en Roger van der Weyden: el “Jardín de las delicias”, el “Triunfo de la Muerte” y el “Descendimiento”, respectivamente. Las tres merecen todo el tiempo del mundo y yo les he dedicado mucho.
Como ese otro detenido en el instante de la rueca en marcha y el brazo con que la hilandera desenreda o distiende con naturalidad pasmosa el hilo que se devana girando, girando. De un brazo a otro brazo : el que pende laxo de Lucrecia la afrentada, en el XIX ya. Entre medias, la “Venus del espejo”, traída de Londres para gozo de mis ojos enfermos. Cupido y Venus unidos a través del espejo, como en una película de Bergman. En la cartela se habla de influjos venecianos en eso, pero se olvida a Van Eyck y sus “Esposos Arnolfini”.
Van Eyck también interesó a Rosales… El desnudo de la “Muchacha saliendo del baño” rompe, en la sala dedicada a éste, todos los relojes y todas las horas, quiero decir las teorías cronológicas en la Pintura, su organizada disposición falaz y su canon.
Decía Ramón Gaya que, contemplando este cuadro, comprendió lo que la modernidad es. Por lo mismo, nada o casi nada está dicho sobre este hombre que vino tuberculoso a Murcia y aquí despertó de su letargo artístico : “a plein air” pintó, entre acequias y palmeras, novillos, cabras, burros, paisajes, chalaneo de mercados, naranjeros de Algezares…
Ni su “Muerte de Lucrecia” ni su “Niña en rosa” fueron tampoco comprendidos ni valorados. Allá quedó, tras las cortinas de su estudio, según comentó Carlota Rosales a “Colombine”, dando sustos a muchos, la “Lucrecia”, pues impresión grande era lo que buscó dar tan insigne Artista con ese lienzo predilecto, incomparable, pletórico de pólenes fecundos para el Arte.
