Es curiosa la manera que se observa en la generalidad de las gentes a la hora de contestar una carta o de dar respuesta al regalo de un libro propio… La mayoría (por no decir todas) de las veces impera en aquella contestación (si la hay) el laconismo elusivo. El discontinuo y como forzado modo impide encontrarse al fin con una correspondencia continuada, ordenada y seria. Tal la vida de hoy.

Cuando se envía un libro que ha costado elaborar, pongo por caso, ocho o diez años de investigación, no esperan a leer por completo dicha obra y delicadamente luego contestar con una impresión personal aunque breve, mala o buena, no: a tan benévolo obsequio contestan con frases vulgares de cortesía, dichas a vuelta de correo para evitar el compromiso de leer tal libro. Son cartas (o esquelas) estereotipadas y no vuelven a acordarse más del asunto.

Es una vara de medir mezquina, elusiva, chapucera. Es una moralidad triste, chabacana, mazorral. Escribir obras serias en España es como predicar en el desierto.

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