Profesor de Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Románica.
Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia (Madrid).
Especialista en temas literarios e históricos-artísticos de los siglos XVIII y XIX.
En el “Brocante de Lola”, una tienda de antigüedades de la calle de Cartagena, de Murcia, unos pocos amigos hemos honrado la memoria de Eulogio Villena, poeta y persona ejemplar, dando a la luz algunos de sus poemas inéditos en edición muy limitada de ejemplares. Como yo he sido la persona elegida para pronunciar sobre el amigo muerto alguna palabra evocativa, leí las que siguen a continuación :
“Amigos : la Muerte, es verdad, anduvo enamorada de Eulogio mucho tiempo, hasta que se lo llevó consigo. Pero nosotros, siempre que lo evocamos, tenemos la suerte y la honra de acercarlo hasta la sonrisa y la complacencia fraterna.
Decía Eugenio d’Ors que nuestros Angeles se comunican recíprocamente nuestros pensamientos con más celeridad que los libros y los artículos que escribimos y publicamos.
Empero, con este rescate nuevo de lo suyo inédito sentimos más acelerada y entusiástica nuestra confraternización.
Eulogio, el de la buena palabra, no habló ni escribió para muchos, y así su mundo poético será durable en sus límites aparentes. No obteniendo el favor de una multitud se aventajará en lo intenso y actuante.
Donde nosotros ponemos la escudilla, él granos de oro. Donde alzamos el laurel, él deposita la mirra. Porque sus versos, que no parecen redactados con el saber sino con el olvido, con su apariencia de anarquismo, retienen el encanto perenne de lo inmarchito.
Sí. En sus versos la remembranza gozosa, el sensorialismo bullente, la querencia a verlo todo de cerca y hasta querer mirar por el agujero brillante para ver el otro lado de la noche.
Era la suya una solícita pereza, una mesura exigente ; sólo suya la templanza aquella que le enfrenaba el ánimo hasta la sophrosyne.
No nos ha dicho adiós. Mora en el altar de nuestros corazones. Porque como él mismo, sin desazón, nos anunciara :
…….………………… Alguien sigue mis pasos,
un almendro escucha acariciadora, quedamente,
la delicada excusa que anula, alisando las flores blancas
entre dos páginas de un libro, el invernal esfuerzo de los pétalos
que escapaban débilmente de otros pétalos para abrirse.
Revolviendo viejos papeles encuentro en una carpeta los de la jubilación de la Enseñanza Secundaria, allá por Junio de 2010. Me hicieron mis últimos alumnos una ingenua, sencilla entrevista que me parece salió en un número de la revista “Caleidoscopio”, de aquel Centro, pero de la que guardé yo copia aparte. Hela aquí “ad pedem litterae”:
_ DICEN QUE SE JUBILA USTED. ¿ ES CIERTO ?
Sí. Este es el último Curso para mí. Hace el número treinta y cinco. Quizá demasiados. Empecé muy joven.
_ ¿ CÓMO FUERON SUS PRIMEROS AÑOS EN LA ENSEÑANZA ?
Eran años ilusionantes. Velé mis primeras armas docentes en Cieza y luego me mandaron a Valencia. Donde mejor he estado es en este Instituto de “El Carmen”, de Murcia, en que siempre he tenido la impresión de pertenecer a otra familia.
_ ¿ SON MUY DIFERENTES A ESTOS ÚLTIMOS AÑOS ?
No me gustan las comparaciones. Pero os diré que antes me emocionaba mucho cuando, al tocar el timbre que señalaba el final de la clase, se quejaban los alumnos porque había de interrumpir lo que les estaba leyendo. Nadie se movía de su sitio . Leyera a Cervantes, Jovellanos o Cadalso.
_ ¿CUÁNTOS LIBROS HAS ESCRITO? ¿CÓMO SE TITULAN?
Unos veinticinco. El próximo mes de Junio saldrá el último, titulado “Ensayos y artículos…”. Todos me han proporcionado gran placer al escribirlos. Pero nada viene en la vida sin sacrificio. Mi libro sobre “El General Ros de Olano”, un militar y escritor del siglo XIX, me costó veinticinco años llevarlo a cabo. Mi libro sobre “La Biblioteca del Conde de Floridablanca…” tardé once años en culminarlo. Pero ha merecido la pena.
_ ¿ FUE MUY DIFÍCIL LLEGAR A SER MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA ?
Yo no he pensado nunca en esas cosas. Uno no trabaja para que le den ningún galardón. Pero si viene como consecuencia de una labor ardua y honrada, bienvenido sea.
_ ¿QUÉ ESCRITORES LE GUSTAN A USTED ?
Muchos. Españoles y extranjeros. Cervantes, Quevedo, Moratín, Cadalso, Unamuno, y un largo etcétera. Dante, Petrarca, Shakespeare, Montaigne, Goethe, Poe, Baudelaire y otro larguísimo etcétera.
_ ¿CUÁLES SON TUS POEMAS FAVORITOS ?
Es muy difícil contestar a esta pregunta. Os citaré solamente tres : “Tanto gentile e tanto onesta pare…” (de Dante Alighieri) ; “Cerraron sus ojos…” (de G.A.Bécquer) y “Las Campanas”, de Edgar Allan Poe.
_ ¿ CÓMO SE DIO CUENTA DE QUE QUERÍA SER PROFESOR DE LENGUA ?
Ahora como nunca comprendo que no hay nada tan hermoso como ayudar a los jóvenes a que lean y escriban un poco mejor y a que conozcan páginas inmortales de cualquier Literatura.
¿ Qué mejor maridaje cultural y vital que el de Música y Literatura ?
Oigo la Sinfonía n.º 6 de Tchaikovski ; “Romeo y Julieta “, de Gounod ; “Fantasía sobre la flauta mágica de Mozart”, de Sarasate , y las “Canciones del muchacho viajero”, de Mahler.
Leo “Chefs-d’oeuvre des Poètes Galants du XVIIIe Siècle”, par Gilbert Lély.
Leo “La edad heroica”, de Luis de Zulueta. Se trata de tres conferencias dedicadas a los jóvenes y pronunciadas en la Residencia de Estudiantes . Al final del apartado “Religiosidad” (3ª conferenc.) leemos esto, tan verdadero :
“¡Arriba! ¡siempre arriba!…, aunque sea tropezando, aunque sea cayendo y levantándose y volviendo a caer . Porque ¡ay del que no cae! El que no cae es que no anda, es que está detenido, es que se ha quedado inmóvil en aquella virtud estática del fariseo, para el cual no hay salvación.”
Perdona la tardanza en escribirte, contestando a la tuya, amabilísima, del mes pasado.
Pues esta es la hora en que la Academia aún no me ha enviado nombramiento oficial alguno. Hasta pienso, a veces, que se han equivocado conmigo… Cuando en Diciembre me dio la noticia el Secretario perpetuo, le dije, o mejor, balbucí, con lágrimas saliéndoseme de los ojos, que sólo era yo agregado de Secundaria y que mirase bien si tal galardón no pudiera en algún modo empañar el prestigio de la Academia. No me dejó terminar el bueno de D. Eloy diciéndome que “allí sólo importaban las obras”.
Conocí a D. Carlos Seco en 1976. Mantengo con él correspondencia epistolar. Siempre me pedía un ejemplar de las obras que yo editaba privadamente (en este contexto me acuerdo de aquellas palabras de D. Juan Valera a Gumersindo Laverde : “que una docena o dos de amigos gusten de lo que uno escriba es el solo incentivo que puedo yo tener para escribir en España”), pero nunca hablamos de la Academia ni mucho menos de mi ingreso en ella… A mí sólo me interesaba él, su conversación, su amistad. Creo me caracterizo por una absoluta carencia de ambición y de codicia, y complacencia con vivir en la soledad de mi retiro huertano deleitándome en la admiración de la natural hermosura de las cosas… Me contento, pues, con la áurea medianía. Además, yo nunca”utilizaría” a nadie para medrar. No siento atracción por casi nada de este mundo.
Simplemente ocurrió que de aquellas obras que yo le entregaba, presentaba él, como Censor, en la Academia cuantas creía más adecuadas. Así, la Academia calificó de “monumental y memorable” mi “Ros de Olano”; y aplaudió enormemente otra titulada “La Expedición militar española contra Argel de 1775”… Me escribió entusiásticamente sobre ella Vicente Palacio Atard. Y han sido éste, Dª Carmen Sanz Ayán y D. Luis Miguel Enciso Recio los que han propuesto mi nombramiento, no Seco.
No sé… Todo esto sigue viniéndome muy ancho y me desasosiega sobremanera.
Me dices que te gustaría saber algo de mi vida actual.
Para mí se reasume en clases, clases y más clases en el Instituto, lugar en que mi sistema nervioso sigue empeorando alarmantemente y donde ni siquiera la vulgarización halla adecuado eco. Los profesores de secundaria sabemos cuál es nuestra misión y sentido del deber, pero es triste que la Consejería de Educación, Cultura e Investigación considere la nuestra como simplemente incontemplable.
En el Suplemento Cultural de “ABC” de hoy sábado 16 de Febrero se dice regala mañana el periódico el libro “1808. El Dos de Mayo. Tres miradas” (Carpentier, Pérez Galdós y Blanco White) , editado por la Fundación “Dos de Mayo. Nación y Libertad”.
Se trata de la inserción de una de las “Cartas…” de White, escritor que tanto te interesa.
Adiós, mi admirado, valiente , generoso, tenaz amigo. Que todos tus sueños se realicen como mereces es lo que te desea el que lo es tuyo muy de veras, Juan Antonio López Delgado.
Una muerte prematura y que debe ser eternamente deplorada, impidió a Isidoro Solís Latorre dar otras muestras de su profunda vocación lírica que el volumen publicado póstumamente el año 1919 en Madrid, en los talleres tipográficos de “El Imparcial”, con el título de “Ofertorio sentimental”. Ahora que se cumple el sesenta aniversario de su óbito – 5 de septiembre de 1918 – , tan silencioso como su vida, acudimos otra vez a esas páginas para sentir de nuevo la hermosura que encierran.
La niebla de tristeza de Solís durmióse para siempre encima de su alma, que lo amaba todo de amor. Sentía el poeta de Murcia un miedo ciego de infortunios, que parecía que ya anticipaban el triste sino de su andadura por el mundo. No quería ser doloridamente dichoso, y aunque devorado por sus pensamientos ahogándose en una angostura de bondad y de abandono, ofrecía a todos la delicia de su sonrisa. Impotente ante los tempestuosos empujes de la vida, quiso ser llevado a aquella soledad sencilla en que duermen sin asechanza las aves libres en incesante anhelo de maravilla de primavera única.
La poesía lírica era para él, esencialmente, creación, transformación de la realidad circundante por medio de la belleza. La melancolía, el sentimiento más acendrado en Solís, anega cuanto dice, cuanto evoca. Podía brotar de un exceso de razonamiento, de una avalancha de sensaciones – ignoraba si ilusorias o actuantes – que le herían y por las que se sentía absorber despacio, muy despacio.
Durante los treinta años del libro de su vida – había nacido el 14 de junio de 1.888 – una desusada ondulación estética recorre todas las tierras de habla española: el modernismo, movimiento liberador de la forma, “de entusiasmo y de libertad hacia la belleza”, al decir de Juan Ramón Jiménez. Fueron los postreros años del siglo XIX y primeros del XX, sin duda, una época de renovación artística y de hervor estético, como no se había conocido después de la romántica. Pero creemos, con Cernuda, que se minimiza la tarea poética de los injustamente tildados de simples “precursores” del modernismo, entre los que ocupa lugar destacado nuestro Ricardo Gil, pues que se la mide, antes que por su intrínseca valía, por lo que tiene de rebeldía, de una parte, contra el apogeo de la poesía prosaica precedente y, de otra, por lo que tiene de “anticipo” de la poesía novísima, cuyo Apolo verdadero fue Darío. Quiere decirse que lo que de “modernista (tonos, metros, cuido de los efectos sonoros del verso…) cabe encontrar en el “Ofertorio sentimenal” de Solís, antes que en Rubén nos parece aprendido en el autor de “De los quince a los treinta” (1885) y “La caja de música” (1898), en “uno de los poetas más notables y menos notados que ha producido España en nuestros días”, como doloridamente apuntaba Federico Balart en sus “Impresiones…” (1.894). Y era precisamente Ricardo Gil – a quien últimamente se intenta desanudar de tan recio trenzado de silencio – quien ya en 1907 encarecía la delicadeza y ternura, el fino sentimiento de las composiciones poéticas de Isidoro, que a la sazón contaba sólo 19 años de edad.
El manejo hábil del metro y las sutilezas verlenianas de Gil fueron, sin embargo, sólo una positiva orientación para Solís, que pulsaba ya deliciosamente todas las cuerdas de la terneza, de los sentimientos más delicados e intuía el pujante despertar de las literaturas regionales, polen fecundo del movimiento romántico.
Solís se ciñe a los más íntimo de los propios sentimientos, pro también, como otros “dü minores” de aquel Parnaso, resucita a deshora el clasicismo, muerto y enterrado en la época anterior, si bien, frente a otros borrajeadores de versos sin temperamento poético supo robar verdaderamente a Grecia la galanura y pureza de la forma. Y su única obra lírica, el “Ofertorio…”, a pesar del ostensible cruce de influencias que refleja, marca un notable hito en la historia de la literatura de Murcia, como lo marcó “Dolores”, como lo marcaron los delicados cantos a las flores de Selgas.
En este libro poético de bella plasticidad y rara y magnífica perfección ha logrado expresar nuestro autor los estados mas fugitivos de su sensibilidad, inverosímilmente exquisita. Es “un breviario – como él mismo dice – de melancolías y dulzuras”, una voz serena y nostálgica que sabe evocarnos las perdidas rosas de otros días en que los soñares del poeta eran mensajeros de glorias, de amores y de esperanzas. Es, en fin, un canto entusiasta al preludio inmenso de la vida, a la alegría de lo floreciente, atenuada, empero, por cierto escepticismo que no pasa de ser, a nuestro juicio, un tributo a la ideología de las generaciones decadentistas de entonces, marchitas de voluntad antes de haber vivido suficientemente. Claro que nunca es rechazable la hipótesis de vagos presentimientos de su muerte temprana, sobre todo después de leer su soneto en alejandrinos “Nota nocturna”. Sea como fuere, tal tributo a la moda llega a ser pesada tara cuando el poeta murciano se deja mansamente ceñir por su sello, como en las composiciones de “Galantes…”, en que las fiestas versallescas que se describen son un pretexto para la pura musicalidad estrófica.
Por lo demás, el sensualismo del fondo, nueva secuela del precitado anhelo de novedad – formulado en el soneto en dodecasílabos “Rebelión” – supone la adquisición de un vago misticismo (en realidad no hay dolorosas ansiedades metafísicas) en un medio completamente artificial. Cabría rastrear en este sentido la atenta lectura de Banville y de Baudelaire, fundamentalmente. Poemas amorosos que no trascienden de lo corporal, de lo físico como “Venus turbulenta” y “La hora de la lujuria”, abren otro mundo típico: el del artificio de Oriente, receptáculo de otra suerte de refinadas sensaciones, siempre subyugantes.
Pero “Ofertorio sentimental” no es solamente un libro poético de proteicas connivencias temáticas, estróficas y musicales con los de los movimientos literarios tangencialmente señalados lineas atrás. Es el fruto de un verdadero poeta que buscó en las cosas el propio espíritu, espejado en ellas, que sondeó sutilmente en ese relicario de la emoción que es el recuerdo. Quizá sea difícil encontrar en su tiempo poemas de mayor emoción, evocación y hermosura poéticas que el “Elogio sentimental del crepúsculo” y “La oración del Angelus”.
Los otros carices – alardes ornamentales y métricos – eran necesariamente subsidiarios, adherentes, y el propio Solís, fino artista espiritual capaz de pensamiento y de pasión, los superaba a cada paso por su fe y por sus bríos, como sus “helénicas” revelan: vuelta directa y sentida – entusiasta – al clasicismo. De ahí que Jacobo M. Marín Baldo haya calificado a Solís, en el epílogo- elogio que escribió para el amigo muerto, en la edición ya citada, de “astro errante del lírico cielo español que pasó por su azul sin ser notado por el vulgo”.
A nosotros los murcianos corresponde dar a conocer este hermoso libro, reeditarlo, así como otros trabajos literarios del olvidado vate. Murcia, es cierto, no está en las páginas de “Ofertorio…”, en sus composiciones y, sin embargo, aquel dominio de Solís para reproducir las mas variadas sensaciones ópticas y tonos cromáticos (v. gr., en los sonetos “Rima roja”, “Violeta”, “Amarillo”, “Acuarela”) sólo del espectáculo reiterado de nuestro paisaje pudo tan acertadamente nacer.
No fue un simple “dilettante”. Le atrajo siempre el ritmo incesante de la naturaleza que respondía al latir de su propio corazón, y discernía, pensaba, alimentaba propósitos y aspiraciones; mantenía en su mente un orden de ideas propias que las corrientes de fuera nunca torcieron, e imprimía en sus sentimientos un tono de originalidad que no pudo enturbiar ni vencer nunca la influencia poderosa de las tendencias poéticas entonces novísimas. El pudo decir aquella máxima de Musset, tan sabida: “Mi copa es pequeña, pero bebo en mi copa”.
Una de las entradas (la 155) del “Diario I” de Paul Klee es harto significativa así de la época juvenil como de su etapa creativa de madurez: “Tanta sustancia divina (escribe) está en mí acumulada que no puedo morir. Mi cabeza arde como para estallar. Quiere nacer uno de los mundos que ella alberga. Y ahora he de sufrir antes de llevar a cabo la tarea.”
Confieso que leo estos “Diarios” porque la obra pictórica de Klee me ha interesado mucho desde siempre.
*
De nuevo el Diario de Klee, sobre su proceso creacional :
“Conmigo, el color sólo ornamenta la impresión plástica. Próximamente haré la prueba de transformar directamente la naturaleza en mi actual capacidad plástica. Se trabaja con mayor libertad cuando no se sigue una disciplina, pero es fácil abandonar una moral un poco más rigurosa. O para decirlo sin rodeos: lo que sufre es la exactitud. Nunca quiero tener que reprocharme que dibujo mal por mera ignorancia.”
Desconcertante, en verdad, esta afirmación tras de visitar la Galería Pitti :
“El colorido de Ticiano generalmente no me dice gran cosa, es más sensual que espiritual”.
Abundando al respecto en el “Diario III” : “Ticiano se ha echado a perder casi siempre hacia un amarillo uniforme”.
Y guardando mayor fervor por Goya :
“Hermosos matices de gris a negro (en el Louvre), interrumpidos por acentos color carne como delicadas rosas”.
Y por Zuloaga (“Mis tres primas”, Louvre): “Pintura de tonos profundos…”.
Y por Casals :
“En el quinto concierto sinfónico tocó Casals, uno de los músicos más maravillosos que ha habido en el mundo. El sonido de su cello es de una conmovedora nostalgia. Su fraseo no tiene límites. A veces hacia fuera, saliendo de las profundidades, a veces hacia dentro , bajando a ellas. Al tocar, cierra los ojos, pero su boca interrumpe un poco esta paz”.
Y por Cervantes:
“Leí otra vez algunos pasajes en mi libro de cabecera, el Don Quijote de la Mancha”
Estoy en uno de esos tránsitos ciegos y me ha cogido entre sus brazos la tristeza. Todo o casi todo me parece vulgar, anodino y sin sustancia. Este es un país de incultos, vagos y machistas. Hace falta aún una modalidad literaria que vaya más lejos todavía que el esperpento valleinclaniano. En muchos aspectos no nos hemos alejado tanto (o vuelto tan distantes) de cuanto reflejan los escritos de José Gutiérrez Solana.
La gente no lee, ni compra libros. La lotería ha desbancado al trabajo gustoso y a la propia elaboración del futuro. En Cataluña y otras partes hacen risa del Rey. La política, que había de tenerlo de falcónida, es una farsa de vuelo grosero y rasante de gallinácea. Los centros de Enseñanza Secundaria dan miedo. La Universidad es estulticia. La Religión un mito que se desecha. La Cultura, Edipo en sombras que sólo se detiene en los arrabales y apuntalamientos de las noveluchas. La crítica, un lodazal de mentiras entre amistades y miedos. Las ciudades, templos de la droga, el latrocinio y la irredención. Las afueras, coro de alucinados que secundan los planes malditos de Aminadab.
Tengo dos libros míos en librerías de Madrid y Murcia: “Vida de Floridablanca” y “Eduardo Rosales. Epistolario”. En la capital de España se venden a cuenta gotas y nada ha salido sobre ellos en la prensa periódica. En Murcia exactamente lo mismo. Ya sé que son obras de erudición y no novelas pero… El silencio de la prensa murciana sobre el “Rosales” ha sido, es, tan rotundo y sostenido que me hace daño. Rosales permaneció en Murcia dos largas temporadas en los dos últimos años de su vida. El Museo Nacional del Prado dedica una Sala entera (la 61 B) a Rosales.
Sólo me consuela un poco de estos pesares aquellas palabras que escribiera Menéndez Pelayo a Valera a propósito de las poesías dadas a luz por éste en 1885 :
“No crea Vd. que es indicio de desdén hacia sus excelentes versos el silencio guardado hasta ahora por los periódicos. Para desdeñarlos sería preciso que los leyesen, y créame Vd., no leen ni eso ni otra cosa ninguna. Nuestra literatura está cada vez más remotamente perdida… Pero nada de esto debe a Vd. importarle. Debe uno escribir sin acordarse de la crítica cuando esta crítica es, como en España sucede, radicalmente nula e incompetente para juzgar ninguna obra alta ni delicada del espíritu. Yo creo, a pesar de las apariencias, que los críticos y los periódicos influyen mucho menos de lo que se cree en la opinión ni en el gusto. Hay en España un público más o menos numeroso que lee y juzga por sí y compra los libros de los autores que le parecen bien, aunque los críticos no se los recomienden.”
Conde de Floridablanca. Obra de Francisco de Goya.
José López Rico, yerno del que fuera Director del periódico “La Verdad” y excelente escritor José Ballester Nicolás, me dijo ayer haber interrumpido sus investigaciones sobre el compositor murciano Antonio López Almagro porque “aquéllas se le abrían hacia la Villa y Corte, pero como su mujer está enferma para tiempo, ha decidido dedicarse a su mujer”. Admirable decisión la de mi discreto e inteligente amigo.
Antonio López Almagro ejerció su vocación educadora desde la cátedra de Harmonium de la Escuela Nacional de Música y Declamación, redactó métodos para dicho instrumento y para el acordeón, compuso piezas de diversos géneros, fue editor de música y participó en varias asociaciones profesionales.
Probablemente conoció a Rosales en Murcia, en 1872, primera de las dos estancias del gran Pintor en nuestra ciudad. Aglutinados por Fuentes y Ponte, habían venido a la capital del Segura (de la mano también de Mariano Soriano Fuertes y del propio López Almagro) el compositor y bibliófilo Asenjo Barbieri, Eduardo Mariátegui, comandante de ingenieros militares, y Luis del Castillo, diplomático de profesión.
A más de su intención de conocer la Semana Santa murciana, les unía la pasión por la Música y los libros antiguos. A Rosales sólo aquélla, pues tocaba ya muy bien el violín, según confesó años después su hija Carlota a Carmen de Burgos. Además, Rosales ya estaba en Murcia desde enero y su anhelo mayor era tratar de curarse de la tuberculosis que lo atenaceaba y aliviar en lo posible el dolor por la muerte de su pequeña Eloísa. Rosales retrató a López Almagro pictóricamente, obra hoy en paradero desconocido.
¡Oh y con cuán poca presura, Septiembre, te me vienes y abrazas y coronas con tus pámpanos y racimos morados, con tu sol melado de siglos de silencios, con tu aire ya fino de ventalles calmos, con tus leves trajines nuevos de vuelta del estío, con tus novedades sin ser mutaciones aún, con tus sorpresas de fiesta, con tu Virgen de la Fuensanta en una romería no multitudinaria! Gracias, gracias mil te sean dadas por tu oreo de huertos, por tu perfiladura definitiva de cipreses verdeazulados, por tu agua más clara de pozal, por tus noches de huríes sin velo…