Sobre los hijos

Los hijos van, vienen, comen, desaparecen. No hay momentos siquiera para sosegar en el diálogo, en el intercambio de opiniones. Y no les gusta ser aconsejados. Cuando musitamos – al menos yo – alguna conveniencia para ellos, el ceño denuncia su disconformidad o su desagrado. Hay que atraparlos entre el aliño, el comer, la infinita contemplación – casi mística – al móvil, la redundante tangencial atención a las violencias del Telediario y las avenencias contemporizadoras, pero falaces, con las voces atrabiliarias de los agentes de ventas. Esta incapacidad o dificultad para la comunicación social ya la anticipó, en los sesenta, el cine de Ingmar Bergman y, antes, la filosofía de Sartre y el teatro de Arthur Miller.

Con disciplina estética…

Si en una voluntad artística cupieran no más de tres elementos, necesariamente habrían de ser: armonización con un campo visual materializable; elevación del mismo hacia su dignidad estética y descenso hasta la invasión ejecutora.

En lo ajeno al ambiente de los grandes centros metropolitanos cabe una pureza de espíritu plástico; y en la soledad burguesa o campesina una riqueza de valores que se divorcien del propio ambiente aspirando a la unanimidad, la cual, cuando es admirable, se denomina liturgia.

Cabe, además, en la región de lo epigonal, la sempiterna inspiración clásica que nutra el arte mejor de la joven plástica en España. Y, como decía, D’Ors, lo clásico es, en rigor, lo que excluye el bastardo elemento estético que es la sorpresa.

Siempre nos ha parecido muy poco fiable, a propósito de la obra plástica de Juanjo Villaescusa, como intelectual higiene contra su aparente dispersión individualista, la virtualidad de aquella doble fluencia: búsqueda de renovación infatigable y sujeción vigorosa al ambiente nativo.

La nueva unidad de arte y técnica en Villaescusa, tejida de silencios sobre el cañamazo de una tensión sincrética, parece aducir soluciones racionales del universo en la configuración de símbolos, pero sin desarraigo nunca de la realidad.

En este sentido, acaso sin él advertirlo, cuán cerca de la vanguardia constructivista de la Bauhaus, cuando la escuela de Gropius proponía la interiorización de los conflictos sociales y su restitución estética, cosa que sólo Paul Klee consiguió funcionalizar en su sistema figurativo.

Otras veces, empero, Villaescusa retira con complacencia los velos de símbolos, intentando que todo se le arrecime: pigmentaciones poderosas, luminiscencias de floresta, hortales de plata, azafrán y lapislázuli.

No son, con todo, sino grávidas semillas de una vasta concepción pictórica que teje hoy y desteje a la noche, porque mañana configurará esa otra apoteosis de su camino claro.

Obra de Juanjo Villaescusa

A ese perro pintado por Goya que saca la cabeza

Miran, miramos, miran y no sabemos nada,
si es castigo, si agonía o es un triste sino,
si símbolo de traición o de fatal camino,
enterrado en vida y con la muerte engalanada.

Busca el ávido hocico la flor de la alborada,
ansía aún la lluvia disuelta en el espino,
que el viento aviente la frágil duna con buen tino
y venga un caminante aunque al fin de su jornada.

¡Oh los contempladores y críticos sagaces,
cuán en silencio están vuestros muy gastados juicios
y cuánta idea estética aquí ha quedado muerta!

Cual vilano en julio sediento entre montaraces
cardos rueda y sosiega nuestro jardín de vicios,
así este perro espera a un amo que abra la puerta.

Evocaciones Pictóricas de Haarlem

Releo buena parte del Frans Hals de Claus Grimm. De manera paulatina y con voluntad artística irrenunciable, el gran Artista va poniendo cada vez más austera paleta a sus creaciones. A la parquedad se han ido sacrificando todas las minuciosas captaciones de encajes de valonas, de exuberancias cromáticas y de obtjetualismo lujoso que cabían en la vida cotidiana de los burgueses de paños y de la cerveza. Un como aliento de muerte y de predestinación ha chupado todas aquellas turgencias de la carne y de excitación sensual, y los retratados de a partir de 1660 son como espíritus fantasmales que emergen de las tinieblas y parecen mostrar en su ataraxia vagorosos vislumbres de irredención y de culpa. Así llega el Pintor a su colmo con los inquietantes Rectores y Regentas del Asilo de Ancianos (Frans Halsmuseum, Haarlem, 1664).

Rectores del Asilo de Ancianos‘ de Frans Hals

Al ‘Cristo yacente’ de Domingo Valdivieso

La amistad es un hilo delicado
que entre artistas se da muy pocas veces.
Va un salobre de envidia hecho pecado
que martiriza al fin sus estrecheces.

Valdivieso y Rosales: hermanado
el pincel, rechazaron acideces
y aquél fue suelto, brioso, muy delgado,
puro hueso, astil sin redondeces.

Se ha acostado el buen maestro sobre el suelo,
le dice que no tosa en un buen rato
porque no brote la sangre a raudales…

Y va pintando a Cristo sin un velo,
con austero rigor, con igual trato
que dio a cuanto forjara el gran Rosales.

NOTA .- Se sabe de cierto que posó el gran pintor Rosales como el Cristo para su amigo Valdivieso.

A Juanita Reina

La Torre del Oro pregona tu nombre
y lento lo lleva el Guadalquivir,
que eres, Juanita, mi Juanita Reina,
la rosa más pura de todo el pensil.

¿Dónde está tu cante, que va en el silencio,
dónde tu sonrisa, que olía a alhelí,
y dónde la pena que esconde tu copla,
la más honda y fuerte de España cañí?

La luz de Sevilla se posa en tu cara
y aprende de ella lo que es claridad,
no quiere que añores la de los teatros
porque donde estás tú sola tiene majestad.

Es tu frente noble secreto de niño
que a todos se dice, como un querubín;
encierra tu raza un aliento sabio
que exhala lamentos que no son de aquí.

¿Dónde está tu cante, que ya no nos mece,
dónde tu sonrisa, que huele a alhelí,
y dónde la pena que esconde tu copla,
la más honda y fuerte de España cañí?.

(Nota pedantesca.- Este poema pretendió merecer su fundido en bronce y reposar al pie de la Emperatriz de la Copla, en su mausoleo del Cementerio sevillano de San Fernando, pero…)

De un ignorado artista

En un momento de nuestra conversación – pocos días antes de morir –, el buen Pintor Ignacio López se levantó y fue hasta una habitación de su casa con cuadros suyos depositados en el suelo… Cogió un bodegón y me lo entregó diciendo solamente: Para ti. Y me lo dedicó y rubricó en el reverso.

En la Pintura con mayúscula de Ignacio hay un latido cordial de bonhomía y de bienvenida al espectador. Ora en el retrato, en el bodegón o en el paisaje. Él ha estrechado esa linde, pero para sí. Del cuadro hacia él, un torbellino de ansiedades oscuras, de desgarramientos inobservables, de fluencias de arrobo… Incluso en la voluntad de lo grumoso realzado no hay siquiera conciencia del origen, venga por vía de Seurat o Signac con el puntillismo o contienda en la escala regional con el propio Ballester. Pues que no es sino acendramiento de rúbrica y personalización de un carácter, más que en la boga y complacencia de sus oasis, en la lucha de afrenta y frenesíes de la vida.

Por eso no es la sugerencia fulcro de su idea estética sino la manera con que laborea en el yunque de lo insistido y parece entonces no despilfarrar nada de la sustancia vibrátil que se le arracima. Ladera en que, con toda la inconsciencia que se quiera, dirime su inmediatez del lado de Regoyos y no del postimpresionismo francés.

Insistamos en su insistencia: el dintorno ha de quedar fortalecido, para paradójicamente hacer menos matérico lo que contenga; para no disimular lo inútil de la reverberación.

Habrá que decirlo por penúltima vez y muy alto: este otro genio de la pintura regional ha pasado con su grávida semilla pictórica por Murcia, pero muy pocos se han enterado.

Bodegón de Ignacio López

A ‘Desnudo de mujer’ de Eduardo Rosales

Unos ojos enfermos ven la luz
en lienzo tan recio y de grano fuerte,
y se hace pasión última la cruz
que entre rosas de sangre les da muerte.

Esa luz, que en el cuadro se derrama,
trae un aura generosa de jazmines
intactos a la carne de la dama,
traspasada de todos los jardines.

Lo que tiene de nardo su figura
y la gracia infinita con que apura
el agua que se siente resbalar,

se dijera sereno ofrecimiento
de un Pintor sabio que busca escalar
los sueños de oro de su sentimiento.

La Pintura de Eduardo Rosales

La Pintura de Eduardo Rosales, Artista madrileño fallecido sin cumplir los treinta y siete años, era como su cuerpo: magra, nervuda, racial.

La única que, en las Exposiciones Nacionales en que participó, hizo recordar a Velázquez.

Empero, fue generalmente rechazada, incomprendida, sobre todo su Muerte de Lucrecia, y no digamos el Desnudo de mujer, considerado entonces como un simple boceto… Y allá arriba se quedó, en el techo, donde apenas se podía ver, cuando la instalación de las obras de Arte Moderno se hallaba en las Salas bajas del Prado.

Escribiendo a un amigo sobre la incomprensión hacia su Lucrecia decía que la crítica no había entendido absolutamente nada su cuadro, realizado con inusitada violencia de pincelada, de ejecución desaliñada y brutal…

Era demasiado cuadro para la crítica ignara de entonces aquella Pintura.

El cuadro – decía – no estará, si quieren, terminado, pero está hecho. No a la manera en que seducen a la vista las pinturas coetáneas, relamidamente miméticas.

Por eso no quiso vender nunca la Lucrecia, tan amada…

Muerte de Lucrecia. Eduardo Rosales. 1871. Óleo sobre lienzo, 257 x 347 cm.