En la Feria de Libros

He visitado las pocas casetas que componen en Murcia la pomposamente y mal llamada “Feria del libro antiguo y de ocasión”, pues que éstos aparecen en ella en una mínima parte. Los libreros de viejo se pasan sin remedio a vender libro nuevo, porque aquí se halla la demanda general. Los bibliófilos vamos desapareciendo como especie por extinguir.

                        Con todo, y rebuscando mucho, pero mucho, he logrado adquirir un par de joyitas: un ejemplar de “La Golondrina”, de Enrique Menéndez Pelayo, novelita premiada en la “Biblioteca Patria”, y otro de los “Poemas” de Hölderlin en versión castellana de Luis Cernuda y Hans Gebser, publicado en México (Editorial Séneca, “El Clavo Ardiendo”) en 1942 bajo la dirección tipográfica de Emilio Prados.

                        (Por cierto, y dicho sea entre paréntesis, Cernuda siempre se quejó – así, en carta a Octavio G. Barreda – de los varios errores de lectura y no pocas faltas de dicción que en aquella edición había. Por ejemplo: en el poema “Mitad de la vida” (“Hälfte des Lebens”) el verso final (“Klirre[n] die Fahnen”) aparece traducido como “Restallan las banderas”, cuando la traducción correcta sería “Crujen las veletas”.)

                        En cualquier Feria o mercadillo de libros, con paciencia y tesón, si no se encuentra lo que se busca, sí se busca lo que se encuentra.

Casetas de la Cuesta de Moyano (Madrid)

De la tristeza

La tristeza es una renuncia: a sonreír, a construir, a avanzar por cualquier camino . Es un cáncer del ánimo que oprime la voluntad, la bienquerencia. Es una postergación de futuro, de felicidad posible. Es una avalancha aplanadora de sensaciones ilusorias. Es la muerte del cuerpo, pero también la del alma. Es un regusto amargo permanente. Es la visión al revés de todo, porque todo es final y nada principio. Es una agonía de soluciones contrarias y fatales sin optar por ninguna. Es una congoja que lacera y lacera. Es malandanza del destino y condición del hombre. Es alimento que empobrece la sangre. Es precipicio de retamas con vuelo de cuervos. Es un mesón maldito donde no se te da ni comida ni cama. Es un almanaque cuyas aparentemente nuevas jornadas ya se desgastaron para ti. Es noria que no eleva agua alguna y la poca que alza vuelve al canalillo. Es anhelo muy grande y obsesivo por romper ya con toda la trampa y mentira del mundo y dormir para siempre con los únicos que te quisieron.

Rueda de la Ñora (Murcia)

De actitudes de hoy

Es curiosa la manera que se observa en la generalidad de las gentes a la hora de contestar una carta o de dar respuesta al regalo de un libro propio… La mayoría (por no decir todas) de las veces impera en aquella contestación (si la hay) el laconismo elusivo. El discontinuo y como forzado modo impide encontrarse al fin con una correspondencia continuada, ordenada y seria. Tal la vida de hoy.

Cuando se envía un libro que ha costado elaborar, pongo por caso, ocho o diez años de investigación, no esperan a leer por completo dicha obra y delicadamente luego contestar con una impresión personal aunque breve, mala o buena, no: a tan benévolo obsequio contestan con frases vulgares de cortesía, dichas a vuelta de correo para evitar el compromiso de leer tal libro. Son cartas (o esquelas) estereotipadas y no vuelven a acordarse más del asunto.

Es una vara de medir mezquina, elusiva, chapucera. Es una moralidad triste, chabacana, mazorral. Escribir obras serias en España es como predicar en el desierto.

Mes de las flores

Se entra el mes de las flores y de las Cruces y allá en los patios de Sevilla se bailará de nuevo, tras del gustoso cansancio de la Feria y sus Casetas del Real. España siempre está en fiesta, necesita de la fiesta, anticiparla cuando no la tiene, siquiera sea con el pensamiento. Es el sino de la raza hispánica, quijotesca. Es tan absurda y tan lenta la marcha de los días iguales que precisamos se metamorfosee en una parada nupcial constante. No Aldonzas Lorenzo, Dulcineas del Toboso. No molinos de viento, gigantes. No bacías de barbero, yelmos de Mambrino.

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Y, ya puestos, festejemos más bien, como hacen en Madrid, aquel 2 de Mayo funesto y glorioso a un tiempo mismo para nosotros. Si los ingleses recuerdan constantemente con su “Trafalgar Square” dicha efeméride, recordemos también aquí aquel 2 de Mayo (a una plaza, con unas rosas) que con su genio o capacidad inmortalizaron en sus lienzos Francisco de Goya o Vicente Palmaroli.

Enterramientos de la Moncloa el día 3 de Mayo de Vicente Palmaroli.

De nueva página de mi diario

¡Cuán emocionante el recuerdo de aquellas veladas literarias en el Instituto de “El Carmen” festejando de verdad el Día del Libro! Yo coordiné muchos, muchos años esta actividad. Y hasta dirigí teatro: “La zapatera prodigiosa”, de Federico García Lorca.

Me costaba discutir y como enfadarme – de mentirijillas – con algunos colegas, que habían dispuesto no fueran sus alumnos al Salón de Actos e incluso les programaban exámenes ese día. ¡Cuánto me gustaba a mí darles a todos en colmo la Fiesta de la Cultura!

En Murcia ya no hay tenderetes callejeros de libros ni casi Ferias del Libro tampoco. Políticos, profesores: estableced el marco propicio para que el niño y el muchacho vayan al libro o el libro vaya a ellos. Mirad a Madrid y su Cuesta de Moyano y su Feria permanente de Libros. Allí todos los días del año es Día del Libro. Los precios desafían a todos los bolsillos. El libro siempre está esperando.

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He leído “A todo el mundo no le gusta el amarillo”, de César González-Ruano. He oído “Don Carlo”, de Giuseppe Verdi.

Cuesta de Moyano (Madrid)

El tren, una vez más…

El tren, una vez más, me trae a Madrid. Voy a ver a unos amigos, a ver unos cuadros…

No sé qué hace en la Exposición de Fábulas y Mitos el hermosísimo Cristo de San Plácido. Todo él resplandece en esta misérrima sala semioscura ; ni una sola se salva (en la Muestra del Prado) de la casi carencia de luz. Me he ido, antes de sumergirme en la mitología velazqueña, a purgar mis ojos alicaídos y velados de sombras en el Bosco, en Brueghel el Viejo y en Roger van der Weyden: el “Jardín de las delicias”, el “Triunfo de la Muerte” y el “Descendimiento”, respectivamente. Las tres merecen todo el tiempo del mundo y yo les he dedicado mucho.

Como ese otro detenido en el instante de la rueca en marcha y el brazo con que la hilandera desenreda o distiende con naturalidad pasmosa el hilo que se devana girando, girando. De un brazo a otro brazo : el que pende laxo de Lucrecia la afrentada, en el XIX ya. Entre medias, la “Venus del espejo”, traída de Londres para gozo de mis ojos enfermos. Cupido y Venus unidos a través del espejo, como en una película de Bergman. En la cartela se habla de influjos venecianos en eso, pero se olvida a Van Eyck y sus “Esposos Arnolfini”.

Van Eyck también interesó a Rosales… El desnudo de la “Muchacha saliendo del baño” rompe, en la sala dedicada a éste, todos los relojes y todas las horas, quiero decir las teorías cronológicas en la Pintura, su organizada disposición falaz y su canon.

Decía Ramón Gaya que, contemplando este cuadro, comprendió lo que la modernidad es. Por lo mismo, nada o casi nada está dicho sobre este hombre que vino tuberculoso a Murcia y aquí despertó de su letargo artístico : “a plein air” pintó, entre acequias y palmeras, novillos, cabras, burros, paisajes, chalaneo de mercados, naranjeros de Algezares…

Ni su “Muerte de Lucrecia” ni su “Niña en rosa” fueron tampoco comprendidos ni valorados. Allá quedó, tras las cortinas de su estudio, según comentó Carlota Rosales a “Colombine”, dando sustos a muchos, la “Lucrecia”, pues impresión grande era lo que buscó dar tan insigne Artista con ese lienzo predilecto, incomparable, pletórico de pólenes fecundos para el Arte.

Venus del espejo de Diego Velázquez

Sábado Santo

Día, desde mi infancia, de melancólica quietud esperanzada ; de velo negro y silencio ; de aleteo de muerte en vida y de Vida en muerte; de relectura de “La Galerna del Sábado de Gloria”, de Menéndez y Pelayo…

Todo el escaparate de imágenes de peana ha cerrado y queda en el aire cierto aroma de resignación y de culpa o, mejor, de futilidad ante las inmensas avenidas sin lujo que se abren, que así debe ser el vacío infinito de la nada.

Tiempo para leer también “La muerte de Jesús” y “La Reliquia” , de Eça de Queiroz.

José Maria Eça de Queiroz

Viernes Santo

Voy a ver, un año más, las incomparables efigies de Francisco Salzillo que procesionan por las calles de Murcia. Junto a mí el Pintor y amigo Gonzalo de Amarante.

En “La Cena”, asombrados ante las actitudes de las manos de los Apóstoles. En la “Oración en el Huerto”, el Ángel de la Parusía estética, más allá de cualquier férreo canon, pero cuyos orígenes no pueden cifrarse si no se mira a la estatuaria griega. En “El Prendimiento”, la mirada de Jesús al traidor, entre comprensora, misericordiosa y denigrativa. En “Los Azotes”, la delicadísima figura del Nazareno, que junta con elegancia exquisita el dorso de sus manos. En “La Caída”, el óvalo perfecto de las figuras moviéndose en convulsa sincronía hasta semejar un instante cruel de la Pasión…

Los Azotes de Francisco Salzillo

Los Amadísimos Libros

Por mucho que últimamente me saquen los amigos de casa, siempre me sentiré en la calle cual fantasma invisible que nadie ve, nadie reconoce, nadie saluda. Es la consecuencia de tantos años en archivos y bibliotecas , en mi casa, con mis libros.

En el Instituto, pocos, muy pocos amigos : siempre pendiente del estudio, de sacar Beca para no defraudar a mis padres y seguir estudiando. En la Universidad, prácticamente lo mismo : ir formándome, ir adquiriendo Cultura, con C mayúscula : la investigación, el saber, los libros amados…

En ese caldo de cultivo, no cabían las mujeres : cabía el sacrificio, la inmensa voluntad en marcha.

Luego el servicio militar, tras de la carrera ya conclusa, incluida la tesis de Licenciatura. Luego, el rango de Doctor aun siendo interino y dando clases de Lengua y Literatura en Institutos de pueblos…

Después, el matrimonio, la boda precipitada, necesaria… para “reparar” una escapada sin sentido. Luego los hijos, las clases y clases y más clases… y, siempre, la investigación, los amadísimos libros.

Nunca lugar ni tiempo para amigos, mujeres y lo que el mundo llama “diversiones” y la vida…

Si sigo cumpliendo años (el que viene, por Abril, haré setenta y uno) me veré sobreviviéndome a mí mismo, viendo desaparecer y modificarse poco a poco las costumbres, las ideas, las instituciones, las creencias y las cosas que, al ser sustituidas por otras más en armonía con la incesante renovación del espíritu, nos dejan, al menor descuido, arrinconados, inadvertidos, cubiertos de orín en la penumbra, junto al añoso árbol de las hojas amarillas.

De Pretericiones

Tiene razón Ortega y Gasset cuando dice: “Nuestra historia está casi por entero intacta. No ha sido ni siquiera entrevista.”

Y, además, nuestra historia del Arte, de la Música, de la Literatura…

¡Cuántos raros y olvidados , Dios mío! Que no están en esas páginas (llenas, a veces, de envidia) porque no han querido abjurar de su independencia y su libertad. Porque en las páginas del periódico provinciano de turno no han querido, como otros, poner por las nubes al mediocre escritorzuelo. Porque no han sabido ni querido torpedear los bastardos intereses del sistema. Porque no han pertenecido a círculos literarios o artísticos. Porque casi siempre se han tenido que editar su propia obra…

Y así nos va. Como decía Quevedo :

“Gana la victoria el valiente arriesgado,

brindan con el premio al que está sentado.”

Sí. Está casi todo por escribir, por historiar, por mostrar archivística, documentalmente. Han sido destruidos demasiados archivos particulares y públicos, demasiadas bibliotecas. ¡Cuántas vidas por reescribir, por completar, por revisar! ¡Hay que escribir definitivamente otra Historia del Arte en España, otra Historia de la Literatura! ¡Cuántas escritoras que no figuran en ella, sino sus maridos, que no escribieron nada! ¡Cuántas religiosas escritoras anónimas por orden de su Superior! ¡Cuánto buen erudito local ninguneado! ¡Cuántos artistas de aldea sin marchante!

Se da el premio al que tiene nombradía . Se vuelve a premiar al que ya tuvo premio.

Francisco de Quevedo