Compendio de verano

Cigarras y vilanos,

compendio del verano.

Aquéllas ya sierran en el aserradero de sus élitros su melopea monótona. Las siestas, con ellas, son en verdad tales. Adormecen más con su acompasado sonar. Dan al propio ritmo su asiento y razón, su embeleso. Estrangulan con cíngulo de modorra todo latido que de afuera provenga. Exculpan la desidia, la pereza, la incuria. Chabacanean en el fango del proselitismo.

Los vilanos, aunque rueden, tienen aquel mismo espíritu. Su demasía es aparecer y desaparecer. Se quedan , no obstante, en cualquier rincón del patio ; quieren como venir a la mano, pero se excusan y marchan un poco más con aparente aliento lírico. Prefieren fenecer entre los pétalos ya marchitos del rosal de pitiminí ; en el agua jabonosa caída de la pila ; entre los ramos prietos y densos del cipresal ; en las calenturientas hojas de la higuera centenaria…

Dais, unas y otros, sazón y sentido, con cuanto se repite, al ciclo de la vida.

Vilano.

Del Verano

Golondrinas, poesía tendida en el vuelo de su arco, a la tarde, conjurando las nubes de mosquitos que torturan al hombre.

El verano sedimenta las cosas, las apelmaza y empereza.

El tedio de la costumbre, de la permisividad, del paréntesis contemporizador. Es bueno que no abrume, que no dirija, que no imposte nada nuestro.

El verano es un inmenso y lujoso salón de baile… donde no hay nadie.

El verano es solipsista, espeso de renuncias, ladrón de indolencias.

El verano no da nuestro perfil de soledades : siempre va desandando las anchuras de la carne.

El verano desprotege ; no ensimisma, no espiritualiza.

El verano es carnal sin carnestolendas.

El verano lo dulcifica engañadoramente todo ; lo pule y lo repule.

El verano tiene ensoñaciones, sí, pero de corto vuelo: no sabe dilatarse, no puede, hasta la sutileza metafísica.

El verano anquilosa y estructura el espíritu.

El verano lleva su chuzo, cual los antiguos serenos, pero no farol.

El verano dirime y dilata ; pero no plantea ni analiza.

El verano es caña de azúcar, sin melaza.

El verano es entrega, no ilusión emocional.

El verano es botella descorchada, sin embrujo, sin duende.

El verano se pone a nuestro arbitrio aparentemente. Nunca, sin embargo, se da.

El verano habla y habla y habla.

El verano parece estación y es tránsito.

En verano lo único sutil , dúctil y adaptable es el pay-pay…

Golondrina común (Hirundo rustica)

De otra página de mi Diario

Jueves Santo.

Me gustaría estar hoy en la Capilla del Grial, de la Catedral de Valencia.

Sor María de Jesús de Ágreda escribe en la Mística Ciudad de Dios:

Cubrieron la nueva mesa (para la cena sacramental) con una toalla muy rica y sobre ella pusieron un plato o salvilla y una copa grande de forma de cáliz, bastante para recibir el vino necesario, conforme a la voluntad de Cristo nuestro Salvador, que con su divino poder y sabiduría lo prevenía y disponía todo. Y el dueño de la casa le ofreció con superior moción estos vasos tan ricos y preciosos de piedra como esmeralda. Y después usaron de ellos los sagrados apóstoles para consagrar cuando pudieron y fue tiempo oportuno y conveniente. Sentóse a la mesa Cristo nuestro bien con los doce apóstoles y algunos otros discípulos y pidió le trajesen pan cenceño sin levadura y púsolo sobre el plato, y vino puro de que preparó el cáliz con lo que era menester.

Siempre está como lleno de unción este día, sagrado, silencioso, solemne.

Santo Cáliz de la Catedral de Valencia

De la Vida

Día de la Encarnación. Evocaciones de infancia. Vivencias y personas extintas. La vida es sueño. No puedo permitirme creer que los sueños sean nuestra única realidad. El sueño tiene un elemento nefasto, impotente y absurdo que se agota y desmadeja en sí mismo. Su desenlace es nuestro despertar y luego se atenúa y desaparece. Abruptas eminencias; laberintos enloquecedores, voluntades disipadas y recomenzadas ; pasiones insensibles y reconvertidas; sentimientos de prójimos pero extraños… ¿ No es así también la vida ?

La metamorfosis hacia el cantil siniestro de la nada, de nuestra nada, se incluye en esta declaración de Cristo a Santa Catalina de Siena: Yo soy el que soy ; tú eres lo que no es.

*

Oigo canciones del mexicano José Mojica. El tiempo no acompaña aún para que vengan las primeras golondrinas.

Del editar privadamente

A raíz de la edición privada del Epistolario de Rosales dije a familiares y a unos pocos amigos muy dilectos que se acabó lo del editar particularmente : venero de deudas, manantial de desasosiegos pecuniarios, manojuelo de regalos sin cuento, enfado de la mujer y de los hijos…

Naturalmente, este apartamiento del libro impreso supondría en mí sequedad espiritual, contendrá desazones innúmeras, albergará tristezas y pesares. Siempre me acordaría de aquella autodefensa de Don Juan Manuel en el Libro Infinido :

Et pienso que es mejor pasar el tiempo en fazer libros, que en jugar los dados, e fazer otras viles cosas.

De Cristo en la Pintura

Releyendo El Cristo de Velázquez, de Unamuno, considero estos versos:

y a tu lumbre…………….
los mármoles helénicos cobraron
nueva luz, y a los dioses del Olimpo
los vimos a la busca de tu padre:
Homero de la mano de Isaías,
Sócrates con Daniel buscando al hombre.

Y noto en su sazón, compendiada, la idea del gran artista sevillano: que no hay dios clásico que alcanzar pueda la plenitud de belleza del cuerpo que concibiera, pues él solamente puede imaginarlo muerto y todopoderoso al mismo tiempo. Hay en Jadraque un Cristo flagelado recogiendo las vestiduras, obra maestra de Zurbarán, allegable al de Velázquez en su serena majestad divina. También sin sangre, difuminada en la sombra de su espalda, pues para sobrecoger al contemplador no hacen falta teatralizaciones de énfasis ni violencias de extremosidad. Más que lo patente, lo susurrado; antes que el estertor y la angustia, la eutrapélica contención ideal.

De un recurso moderno muy antiguo

Tan engreídos andamos los críticos y teóricos de hoy día con señalar innovaciones estructurales y estilísticas en las obras de arte, que semejamos también nuevo coro de grillos cantando a la luna, como dijo Antonio Machado.

En la novela moderna, verbigracia, parece haber sido fulcro teórico de su composición y carácter el procedimiento denominado behaviorista, merced al cual se dijera no entra subjetivamente en el relato el autor y ofrece sólo tangenciales referencias a una actitud y comportamientos más complejos en las vidas de los personajes, salvados con sólo contingentes, adherentes, pasajeras notaciones.

De esta aparente dispersa multipolaridad formal, pero con hondísimo calado psicológico, da fe ya una obra compuesta en el siglo VIII antes de Cristo: la Ilíada. Centrémonos brevemente en el pasaje aquel en que dialogan Héctor y Andrómaca, su esposa. Dice el rapsoda que a ésta acompañábale una sirvienta llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente.

Imposible mayor desnudez narrativa y más sabia profundidad psicológica. En esa sonrisa silenciosa está todo el amor, toda la afección removedora del alma, pero sin alharacas, de quien va para el combate y a despedirse, acaso para siempre, del hijo de sus entrañas. Así de dura, de veraz, de taladrante, pero de delicada también, la al parecer elusiva alusión psíquica magistral.

Foto De un recuerdo muy antiguo

De la manera en Pintura

Voy releyendo aquel Diario de un Pintor, de Ramón Gaya, con dedicatoria autógrafa, que me vino ayer. Anota, con más tino y psicología de lo que él mismo pudiera creer alcanzar, lo siguiente: Van Gogh – tan reconocible siempre – no busca jamás un estilo, sino una forma de expresión; una forma, claro, que no sea una ‘manera’; puede parecer, a veces, que ha caído en una ‘manera’, pero Van Gogh – como les sucede siempre a los más grandes – escapa y se salva, con naturalidad, de todos los peligros; los artistas pequeños o inauténticos, en cambio, cuando caen de bruces en una manera se acomodan allí, tranquilamente, creyendo haber encontrado un estilo, el estilo.

Lucubración que contiende con lo que de Francisco de Goya decía Bernardino de Pantorba: De haber sido artista de menos potencia creadora se hubiera rendido a la decadencia; habría incurrido, como la inmensa mayoría de los artistas viejos, en el mezquino remedo de su obra pretérita, en la torpe repetición de aquello con que logró el éxito. Pero el alma de Goya, no gastada ni abatida nunca, vibraba siempre, insatisfecha siempre…

Los más de los adoradores hoy de la pintura de Gaya nunca han considerado (no ya tal autoconfesión paradójicamente anticipada de lo que iba a ser con el tiempo su pintura) la fatal incapacidad de este pintor murciano para zafarse de tan funesto acomodo a la manera, engañándose antes a sí mismo que a los contempladores de su debilidad.

Obra de Ramón GayaUna obra de Ramón Gaya.

De aquellas conversaciones con Carlos Seco Serrano

Unas veces se desarrollaban en su casa madrileña de la calle de Espronceda. Otras bajo el palio de luz tamizada y discreta de la gran rotonda central del Palace… Ora sobre la Melilla netamente española de su niñez ora notando la demasiada falta de cultura histórica cuando se ignora que ya desde 1497 Melilla queda incorporada a la corona de Castilla.

A veces se hacía el silencio, rumiando yo tanta experiencia y tanta sabiduría históricas de Seco Serrano. O, hablando del Archivo Narváez, elogia a su maestro Jesús Pabón y Suárez de Urbina, que a la postre lo estudió y organizó. Su libro Cambó – me dice – es el panorama más completo que existe de la historia contemporánea de Cataluña.

Aquellas tardes, plácidas y tibias de Febrero, aquí, en el Palace Hotel, mi maestro quería hablar mucho, y lo hizo, de Alfonso XII, nuestro rey predilecto. La primera edición de su libro sobre este gran monarca se iba ya agotando…

Más allá de sus amoríos intempestivos (tras el fallecimiento de su prima y muy amada esposa la Reina María de las Mercedes) y desparramadores de su preciosa salud que llevaron al borde de la frontera – para marcharse de España – a S. M. María Cristina de Habsburgo, la discreta regente de España, Alfonso XII fue un hombre integérrimo al que no le dolieron prendas meterse con los apestados en Aranjuez y en el barro hasta la rodilla en la tristemente célebre riada de Santa Teresa, en Murcia, de Octubre de 1879.

Y yo le recordaba aquel número de la venerable Ilustración Española y Americana con el grabado en plancha de madera de boj, basado en un dibujo de Juan Comba, en que el Rey romántico, en el lodo de Alcantarilla o de Nonduermas, extiende los brazos en señal de salutación de cobijamiento a un pueblo que le besa las manos, se extasía ante su presencia y baja también la cabeza en la infinita pesadumbre de su desgracia. Los rotos enseres pobres llegan envueltos en el tarquín hasta las botas reales, manchadas también de barro. Y un coro de afligidos enuncia su lamento y grita y se estremece. La magra figura del Rey ya tuberculoso queda justamente en el centro del dolor, acendrado y vivo. La luz es triste, grisácea, presagiadora. Restos de casas y ermitas en lontananza, todo vencido por las aguas traicioneras del Segura. Quedará siempre en el recuerdo de este grabado – le dijo a mi sabio maestro – la mirada melancólica y como abstraída del monarca popular, en su dimensión psíquica de suave tristeza comprensora, de predestinado.

Su Majestad el Rey Alfonso XII en la Riada de Santa Teresa.

De una página de mi Diario

Calor de Agosto murciano.

Tras de la ventana de mi cuarto, el sonar monótono y monorrítmico de las cigarras.

No hay color. Todo se diluye en la porfía neblinosa, sin dintornos, del reverberante resistero.

Al fondo, acaso, lejos, se oye como tímidamente el relincho de un caballo en su cuadra.

La yerba del tablar contiguo está sequiza, marchita. Algún cardo silvestre da su flor al viento, y el vilano entonces molinetea bajo la higuera vieja, en la cochera, por los patios.

La alameda de moreral está más en silencio que nunca y aquella abubilla del otro día no se atreve a asomar por ninguna parte.

Me arrebujo, en el trabajo gustoso de los Bibliófilos… Hoy estoy con Luis Usoz y Río.