De una Pasión de mucho tiempo

En la mejor receta culinaria

El chocolate excelente,
para que causa placer,
cuatro cosas debe ser:
espeso, dulce, caliente
y de mano de mujer.

Dilecto era de frailes y corregidores, cuando el virreinato, dice Valle-Inclán en Tirano Banderas. Muchos hidalgos de aldea, en las páginas de Azorín, lo toman con devoto recogimiento y regalada autocomplacencia. Y no olvidamos la impaciente ansiedad en el acto gustoso de su preparado, antes de acudir al teatro en el Burdeos de su exilio, de Moratín hijo, transportado luego, jícara delante, por mor de ágape tan singular.

El chocolate ha podido ser un símbolo mediador por excelencia, fulcro de infinitas formas populares y locales de devoción, extirpador de particularidades y resabios en la disciplina eclesiástica… Cuando momentáneos intereses o expansiones publicitarias de causa o partido, nuestra bebida fuera una absolución posible para lo vernacular. En lo dogmático, el chocolate sabe, aquí como en todo, faire la part du feu. He aquí un texto epistolar dado a la estampa en 1733:

Faltó en nuestro Don Juan Duran un sugeto de grandes esperanzas, i que nos pudieran honrar la Nacion: yo oí su muerte con gran sentimiento por lo que le amava, i estimava. Terrible carestia de salud pasa por los literatos de nuestra Patria, hallándose mi buen Doctor Siruela en el estado que V.M. me dice, i el Señor Don Juan Suarez en el de no poder atender ni aun a la obligación del oficio: que es de gran compasión. Solo el Dotor Caldera que sana a los demas, se conserva sano: sobre cuyo libro en que discurrió de la bebida del Chocolate dándola por destructiva del ayuno Ecclesiastico, ha salido un otro discurso no menos que del Señor Cardenal Brancaccio (un gran Cardenal) reconciliando al tal Chocolate con el ayuno: yo no le he visto: porque no he tenido lugar estos días de írsele a pedir: pero dicenme que está bien escrito.

(Cartas de Don Nicolas Antonio, i de Don Antonio de Solis. Edic. Mayans i Siscar, Leon de Francia, a costa de Deville hermanos, M. D CC. XXXIII, pp. 9-10)

La última vez que visité El Prado, allá en las salas de arriba, aprecié un pequeño óleo sobre lienzo al que dediqué luego este mal soneto:

A BODEGÓN CON SERVICIO DE CHOCOLATE, DE MELÉNDEZ

Para fino agasajo de la tarde
se ofrece el chocolate de Guajaca,
de Mechoacán en jícaras, que arde
pero huele muy más que la albahaca.

Al soconusco espeso, fina taza
y el bizcocho en sazón con las obleas
despiértanse los Reyes y las feas
virreinas sin azúcar ni melaza.

Dulce y caliente en cobre tan batido
para excitar al agua alta y serena
y dejar el pocillo en breve espera,

han de darse en el diario cometido
– antes de que el reloj dicte la cena –
de la ínclita pasión chocolatera.

‘Servicio de chocolate’, de Meléndez

En el Museo del Prado

Cuando vengo a Madrid, la visita al Museo del Prado es siempre otro de mis anhelos. Selecciono obras maestras y más de mi gusto. He empezado por Rosales: el Retrato de Pinelli, de lo más sobrio y parco de toda la Pintura nuestra; Retrato de Conchita Serrano, que no se cansa uno de mirar, ora en la demasía varia del rosa, ora en la apostura donosa de la niña que va para mujer, ora en el simbólico toque paisajal de amanecida; Tobías y el Ángel, que dicen no le apeteció terminar, pero que hecho está en la fluencia única de la luz y en la sazón espiritual y dulcedumbre de los nazarenos; el Desnudo de mujer, que trae la modernidad al Arte, porque a todo se anticipa y con todo rompe; y, en fin, la Muerte de Lucrecia, con sus poderosos zarpazos de pincel, la vehemencia suelta de la técnica, la disolución de todas las maneras, la fuga y asunción a la vez de la belleza en el drama…

Luego, Velázquez, con Las Meninas, en que el vuelo del vestido de la infantita, áurea plata marfileña, contrasta con los que, matéricos, caen y se doblan en el suelo de sus azafatas; el Esopo, con sus zapatos maravillosamente cansados y toda aquella inferior representación objetual; los fondos de paisaje guadarrameño; la sutil interpretación de la vida con el guante apenas prendido de la mano del Infante Don Carlos; ese principio divino de espalda de la hilandera del primer término…

Después, El sueño del patricio, de Murillo, con las tres dormiciones ciertas, veraces, auténticas.

Y, para terminar, Mengs: su autorretrato, el Retrato de Azara y la Adoración de los pastores, joya inadvertida pero de primer orden de este Museo que va preparando ya el bicentenario de su existencia.

El Infante Don Carlos (de Velázquez)

El magnífico porte del hermano
del Rey, tan oscuro en su muerte
como en su traje, iba con la suerte
de España: alta en abril, baja en verano.

¿Llevaba hasta el monarca casquivano
la pereza y desidia, lo inerte?
¿O era su sangre flor de virtud fuerte
y el poema su altar más fiel, más lozano?

Se dirime el dilema en el guante
y en el sombrero: Yo – dice el Infante
tomo con brío lo que va en cabeza

y sólo por la punta lo que adorna.
Por eso no hay valido sin terneza
y hay tanta cacería que abochorna.

Carlos de Austria, Infante de España

Del cuadro de Gisbert

Según la Prensa y la Televisión, se está estos días poco menos que dando culto al cuadro del alcoyano Antonio Gisbert Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888). Iniciativa del Museo del Prado, que exhibe asimismo los bocetos y dibujos complementarios.

Y como supongo que tal subrayado artístico será bien respondido por la ciudadanía, que esta semana ha sido adecuadamente aleccionada con las concomitancias sobre la libertad y otros bellos conceptos, yo, sin mojar ninguna magdalena en té ni espolear mi memoria involuntaria proustianamente debo recordar aquí, porque es verdad, cómo ya en mis clases en el Instituto proponía a los bachilleres estos temas transversales como hoy se diría: Cabe, así pues, la realización, para con dicho cuadro espléndido, de tres tareas a lo menos.

Primera, literaria:

Leerles la carta que el General Torrijos escribió a su esposa estando en capilla. Actividad que yo enlazaría con la conveniencia de editar ya una Antología epistolar decimonónica para que de una vez se vayan enterando los alumnos de las bellezas que cabe descubrir en las cartas – literarias y no literarias – escritas desde los tiempos de Moratín y Jovellanos por lo menos. Asimismo, leer en clase el soneto de Espronceda relativo a aquel fusilamiento; las circunstancias en que fue escrito y estuvo inédito tanto tiempo y hacer de él el comentario más sagaz y de alcance histórico-artístico de que seamos capaces.

Segunda, histórica:

Aquel 1831 habrá de analizarse en el ancho contexto de la malhadada España fernandina, con sus camarillas y policía secreta y con toda su cohorte de falta de libertades que propició otros sonados crímenes, cual el de Mariana Pineda.

Por supuesto también, habrá que explicarles, con claridad suma, lo que se proponían Torrijos y sus correligionarios al pretender derrocar aquel régimen y monarquía aglutinando a los demócratas del Sur y a las fuerzas constitucionales todas.

Tercera: pictórica.

Con este bagaje previo de conocimientos, llevar a los alumnos al Museo del Prado y ante dicho cuadro. Podemos y acaso debamos leer entonces algunas páginas bien seleccionadas – sobre personajes extranjeros en el gran lienzo representados – del magnifico libro de Vicente Llorens Liberales y Románticos, para darle a la efeméride la dimensión internacional que en efecto tuvo. Y desde luego y finalmente las virtudes estéticas de aquella obra de primer orden y el impacto emocional y artístico que suscite en los propios alumnos, por ellos explícitamente enunciado.

‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, de Gisbert.

Meditación con paisaje al fondo.

Se han aposentado por aquí tardes tibias, hondas, que dilatan todos los sentidos, insuficientes sin embargo para enteramente aprehenderlas. Llevan silencios, luces, aromas indescriptibles. Transportan colores y hasta cánticos que se ponen en correspondencia con el espíritu.

Sólo falta, para la felicidad total hacia el Domingo de Ramos, que la abubilla del otro día vaya por cualquier sendero horadando la tierra con el buido puñal de su pico corvo; que con su traje versallesco acendre la gloria de los naranjales en flor, que con su delicadísima timidez constate lo peligroso y fugitivo de la vida.

Abubilla

Sobre España

Esta de hoy en día no quiere soltar amarras con su leyenda negra ni se ha disfrazado de moderna para redimirse de las maromas que la ceñían, como a Ulises, al mástil de la fascinación, ni siquiera pinta como la España de Valdés Leal, de Verhaeren y Regoyos o de Solana. No. Es cual la de las guerras civiles, con odio incicatrizable entre hermanos. La de los barrios repletos de prostitución, de mugre y de desconfianza. La de los rateros y chorizos a porfía. La de los crímenes por venganza. La del paro y la vejación. La del asesinato de niños. La del obsesivo separatismo. La de la incultura. La del machismo. La de la insolidaridad. La de la zafiedad. La de la descreencia. La de la máscara y el carnaval. La de la cháchara y contumelia. La del regateo. La del que tira, al paso, al suelo cuanto le estorba. Ésta es la España que veo y me duele.

Carnaval en un Pueblo.

Musicalizaciones

En San Esteban, o antigua iglesia de la Compañía, erigida junto al convento y colegio de Jesuítas por el obispo cartaginense Almeida, y sede hoy del Gobierno de la Comunidad autónoma de Murcia, he escuchado musicalizaciones de algunas de las partituras que Díaz Cassou incorporó a la primera edición de su Pasionaria murciana…(Madrid, Fortanet, 1897), debidas al maestro, entonces Profesor numerario de la Escuela Nacional de Música , D. Antonio López Almagro.

Así, la Salve de la Aurora, Salve de la despierta, que cantaban los auroros al alba: Una campana de timbre claro y agudo forma todo el acompañamiento del conjunto vocal.

Salve reina de los cielos,
de misericordia Madre,
vida y dulzura divina
y esperanza nuestra, Salve.

……..………………..

El Rosario de la Aurora o coplas en el Rosario, correspondientes a dicha Salve:

Un devoto para ir al Rosario
Voz. por una ventana se quiso arrojar,
y la Virgen María le dijo ‘detente,
detente devoto, por la puerta sal’

………………………

La Pasión de Cuaresma, que refiere líricamente la bellísima escena del Evangelio de San Juan dialogando Jesús y la Samaritana:

Un viernes que el Redentor
a Samaria caminaba
fatigado del calor,
a descansar se sentaba
junto al pozo de Jacob.

……………………….

Y la que se canta en la Semana de Pasión, de que hay versiones hasta en el siglo XVIII, con aire musical – según Díaz Cassou – lleno de expresión, solemnidad y ternura. Cada ciego entona un verso con expresión lenta, acentuada, solemne. A veces la cantan a la vez tres o más ciegos, y antiguamente se cantaba a coro por los hermanos de la Pasión:

Jueves Santo de mañana
con perfectísimo amor,
llamó el Divino Señor
a su Madre Soberana,
declarando su dolor…

……………………..

Antiquísimo es un canto religioso cantado a cuatro voces el día de Jueves Santo y que le llaman la correlativa: lento, triste. Recuerda ciertas cláusulas del contrapunto sobre canto llano.

Jueves en la noche fue,
cuando Cristo enamorado,
de amor su pecho abrasado,
quiso darnos a comer
su cuerpo sacramentado…

………………………….

Mi amigo el profesor universitario José Alberto Fernández Sánchez es quien ha coordinado estas actividades cuaresmales.

Antonio López Almagro por Rosales.

Pobre España

Voy adentrándome en el tomo XXI del Epistolario de Menéndez Pelayo, que comprende el año de 1910, denso desgraciadamente de disgustos y pesares para él; verbigracia, los que le dio el recién nombrado Ministro de Instrucción Pública Julio Burell, quien se hizo eco de la campaña de la prensa contra Don Marcelino que afirmaba costaba mucho al Estado; quiso monopolizar la Biblioteca Nacional para pasar por sabio a poca costa, y que estaba además allí… Así pagaban los que escribían en la prensa a su sabor denigrando al mayor sabio que diera España o, mejor, degradándose a sí mismos.

El autor de La Ciencia Española le contestó entonces con aquella carta magistral en que decía, entre otras muchas cosas, las siguientes:

Sin duda los que eso dicen [el cargo absurdo de monopolizar la Biblioteca en provecho propio] ignoran que siempre he gustado de trabajar con libros propios, y en ellos he empleado mis cortísimos recursos desde que tengo uso de razón. Poseo una biblioteca de cuarenta mil volúmenes, en la cual encuentro el material necesario para mis estudios, y no necesito acudir a la Nacional más que para leer manuscritos o libros rarísimos, como cualquier erudito español..

¡Qué España, Dios mío!

Estas y otras pesadumbres(*) mermaron sin duda su preciosa salud y le acortaron la vida, truncada solamente año y medio después, sin alcanzar los cincuenta y seis de su edad.

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(*) Me refiero a las cuitas que una vez más le hicieron pasar el afán de los hombres de aspirar a lo que no les corresponde, como aquel increíble prurito del General Polavieja de ingresar en la Real Academia de la Historia. Verdadero oprobio para ella que se consumó sin embargo. Tendría, pues, que haberse reído el maestro de sabios recordando aquello de Beaumarchais: se necesitaba un matemático y fue nombrado un maestro de baile.

Marcelino Menendez Pelayo

De afanes humanos

Me asaltan, desde hace varios días, sin saber por qué, inexplicables miedos sobre mi fin próximo… o quizá sea más bien por la inestabilidad y fugitividad de todo lo que aquí abajo alienta. ¿Pensará la gente en la muerte? ¿que todo cuanto aquí amasemos no sirve sino de impedimento? Veo a los humanos preocupados en sobresalir, por la fama, en destacar sea como sea. El salir en la foto les hace felices, y caminan sin presagios ni vagos pesares siquiera. Noto en mí una claridad absoluta sobre lo que somos , es decir, nada. Caminamos sobre una agua incierta que nos ha de engullir; sobre una tierra que en cualquier momento puede abrirse a nuestros pies.

Me acuerdo mucho de aquellas palabras del oblato trapense Rafael en carta a su hermano Leopoldo:

Queridísimo Leopoldo, queramos o no, efectivamente, peregrinos somos… ¿por qué hacer aquí asiento? Miremos esa tierra en la que los hombres necios ponen sus esperanzas, tienen sus guerras y esconden avaros sus tesoros corruptibles y miserables…

¡Qué suerte, hermano, el que de veras se considera extranjero en el mundo, y sólo sueña con Dios y con su verdadera Patria!

¡Y pensar que ayer un torero casi lloraba de indignación y de tristeza por no haber conseguido la segunda oreja!

El Hermano Rafael

Sin nervio fílmico

Anoche vi en televisión Sangre de Mayo, de José Luis Garci. El comienzo es magnífico: panorámica histórica y caleidoscopio cotidiano en la España de finales del siglo XVIII y principios del XIX, justamente hasta 1808. Servido en el mejor mantel: textos de Benito Pérez Galdós. La hora siguiente es decididamente anodina. El protagonista no contribuye precisamente, a nuestro juicio, a contrarrestrar aquella falta de reciedumbre. Sólo la profesionalidad estupenda del sastre tacaño, miserable e hipócrita salva esta mediocre parte del filme. La culminación, empero, del mismo, aunque no subvierte lo históricamente acaecible, impide al espectador conocer con claridad el vaivén de los antecedentes, por lo facetado y difuso de la componenda sintética. Más le hubiera valido, quizá, al director narrar y describir puntualmente tal trenzado de acontecimientos en una serie de cuatro o cinco episodios concebidos para televisión y mostrar de una vez, porque no está hecho cinematográficamente, todo aquel friso ingente de nuestra Independencia.

Fotografía de Benito Pérez Galdós

De la huerta que se fue

Todo el mundo – al llegar sus fiestas de Primavera – se viste en Murcia a la manera de la Huerta de antaño. Pero ya casi no queda Huerta: la de las sendas; la de los brazales y acequias a rebosar de agua; la de la suave canturía de la abuela al nieto y en el trajín diario; la del verderón y el tintín; la de la venta de leche, con el hato de cabras, por los portales; la del blusón negro que tenía de arriba abajo una fila de muchos botones muy juntos y pequeños…; y, sobre todo, la de la hospitalidad y la bienquerencia que dondequiera reinaba. Esa es la paradoja y la gran mentira del llamado Bando de hogaño, con su pintoresquismo cutre de pantalón vaquero y chaleco, con su limosneo de viandas, con su mercaduría de sillas, con su evocación muerta de barraca de feria.

De modo que yo, huyendo del tumulto cierto, me quedo a la vera del huerto mío gozando del naranjal colmado de azahares y de la gloria del día, y leyendo, a ratos, alguna perolata, soflama y cuento de Frutos Baeza.