Vi un cielo nuevo y una tierra
nueva, porque el primer cielo
y la primera tierra habían desaparecido;
y el mar no existía ya.
(Jn. Apocalipsis, 21, 1)
I
Como el oso se adentra en la osera para pasar el invierno durmiendo, así el hombre penetra en su habitáculo y se apresta contra las tremendas nevadas, las lluvias copiosas y tormentas y tornados.
Teme, no obstante, cuando estos que él llama desequilibrios de la Naturaleza se manifiestan en terremotos, maremotos y hasta pandemias. Y entonces comprende que toda su ciencia y tecnología no le bastan para contrarrestar tan inmenso cuanto desconocido poder sobre la tierra que ocupa.
Acaso le haya llegado, en tales coyunturas, la hora extrema de rezar y suplicar que el Cielo no se tome su justicia y que la santa ira del Señor obre también según su infinita misericordia.
Porque había llegado el tiempo, para él venturoso, de cerrar aquel desconocido Cielo con la tapadera presunta de la apoteosis de su Tierra. Tierra que atravesaba a su sabor en aviones confortables y rápidos; en trenes velocísimos, en barcos como ciudades flotantes.
Y se había acomodado y abastecido en su sistema de renuncias, de oropeles y de confort. Se dijo, como San Pedro en el Tabor, “qué a gusto se está aquí, hagamos unas tiendas…”. Unas tiendas en que meter cuanta materialidad confortadora cabría imaginar, tan contemporizadora cuanto sedentaria.
A mayor avenencia, menor desasimiento. El acaparar, por el contrario, fue su norma, su invención, su rango. El mundo se fue haciendo como a imagen y semejanza del hombre, y aquí y allá impuso su huella, su ley, su voluntad.
Las ciudades, los campos, los mares se tornaron amanosos y manipulables. Y, como todo lo que el hombre amaestra y domina, dejaron la impronta de su misterio y hasta su semilla de bien.
Ni siquiera el Hijo del hombre supo cuándo el fin de cuanto alienta acaecería. Pero cabe preguntarse, cada generación, si no son evidentes los indicios que conducen a que todo se extinga. El que analiza y sabe lo comprehende.
Tales evidencias se multiplican sutilmente. Desde las propias fuerzas del hombre y su no querer arrostrar hasta el homicidio y la nula valoración de la vida; desde las marchas migratorias entre países hasta la fragilidad de los mecanismos que pueden despertar una guerra; desde el desquiciamiento por la acaparación de dinero a las fuertes excitaciones que hacen de los humanos autómatas despreciables.
He aquí un mundo enfermo de los nervios, compulsivo e inmisericorde, con cada vez más amor por los animales y menos por las personas. Un mundo degradado, de espías, acosadores, violadores y asesinos.

I I
El hombre de hoy se yergue en su pedestal de endiosamiento y mira altanero al Cielo que, según piensa, ya no le hace falta.
Ha puesto su cielo aquí abajo y vive contento con su miseria brillante, más que toda aquella defenestrada del extrarradio.
Lodazal de codicia que le hunde más en el mundo y en él se mimetiza y bulle. Está contento de su adscripción, de su pertenencia,de su alineamiento en cofradías, en sociedades, en academias, en clubs, en órdenes, en peñas, en sectas…
En lo último que piensa es llevar a su vida la austeridad y la prudencia, el silencio o la eutrapelia.
Lo primero es el gozo, no el padecer. El mundo, no su apartamiento. La fiesta, no la soledad.
Acapara, envidia, trepa, abusa, juzga, maldice, odia, calumnia, denigra, denuncia, se olvida de Dios.
Hemos de rodear de espinas nuestro corazón antes de merecer que el Señor nos las quite.
La blasfemia se ha convertido en muletilla y ésta en descreencia. La falta de fe acarrea la pérdida de freno moral. La laxitud en el espíritu conduce al abandono en ideologías y sectarismos tenaces y materialistas. Una vez reblandecidas nuestras capacidades para la crítica opositora y libre, pudiéramos configurarnos en un fugitivo momento de fuerzas impersonales.

I I I
La magnífica “Epístola a los Romanos”, de San Pablo, admite desde luego en muchos de sus apartados diversas interpretaciones.
“A ser posible – dice en un determinado momento [12,18] – y cuando de vosotros depende, tened paz con todos”.
¿Es compatible enteramente con el “perdonad no digo hasta siete sino hasta setenta veces siete”?
Sí, porque el perdón nunca puede ser restrictivo, estrecho de miras, mezquino, sino totalizante. ¿Pero acaso ese matiz paulino del “a ser posible y de cuanto de vosotros depende” no es portillo abierto a la excepción del deber total?
San Juan de la Cruz nos recuerda que “ a la tarde de esta vida te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado, y deja tu condición”.
El alma que quiere a Dios todo, hásele de entregar toda: “Diliges Dominum Deum ex toto corde, ex tota anima tua, ex tota fortitudine tua”(“Deut.”,6).
La virtud sobrenatural que es la Caridad inclina a nuestra voluntad a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
¿Merece nuestro perdón total y cordial el próximo miserable que nos ha denunciado, execrado, denigrado, zaherido y hundido en la más lóbrega de las mazmorras del mundo? ¿ Debemos besar la mano que asesinó a nuestro propio hijo? Debemos. El mismo Dios así clamaba clavado en su Cruz:
“Pater, dimitte illos…”

IV
Todo el mundo aspira a vivir lo mejor posible el día presente. No quieren las gentes oír hablar del mañana, del ayer, y menos de la muerte. Este nuevo e intenso “carpe diem” del espíritu del siglo reanuda épocas y sociedades descreídas y heterodoxas. “Tanto vales cuanto tienes”,se dice mucho hoy también. Pero no como ayer se decía:”Antes reventar que pecar”.O, como muestra a lo menos de descomposición de costumbres dentro de la graveza de vida cristiana: “ Fuisteis a Misa y vinisteis a Nona”.
La muerte voluntaria va creciendo en el mundo. Hubo un tiempo en que el suicidio se reputaba lícito y como el último extremo del valor; más tarde como el crimen más cruel y como el acto de mayor cobardía.
Pero hay otras muertes que nos emocionan más: la de los niños que mueren cada dos segundos. ¿Cuántos siglos de egoísmo, de deshumanización, de locura colectiva habrán de pasar aún para que esta horrorosa catástrofe no se produzca?
Y cuenta que no sólo niños por inanición en Abisinia, Etiopía o Somalia. Los niños de todas las guerras malditas, en que mueren juntos la inocencia y el crimen, nos exhortan a meditar aquellas palabras de Ezequiel (37, 4) : “Profetiza sobre estos huesos”.

V
Las gentes son engañadas embarcando en las pateras de la muerte y la irredención.
Ya no hay Patria, sino aquella que acoge y hace fructificar pólenes fecundos en el cuerpo y en el alma.
Los niños han sido convertidos en soldados que matan sin piedad: en África, en Sudamérica…
Las grandes selvas vírgenes se van convirtiendo en parameras. Los árboles sacian de momento las fauces de industriales madereros sin escrúpulos que han forjado imperios de metal en Kenia, en Filipinas, en Brasilia…
Los suburbios de las ciudades, grandes y pequeñas, han congregado a la droga, a la extorsión, a la trata de blancas…La Muerte acoge en su danza macabra e irreversible cuanto el estigma de Caín interniza y propaga.
Para unos pocos el mundo jardín aparente de delicias. Para muchos el infierno en la tierra con su cohorte de desenfrenos, hambre, alcohol, prostitución y fetos arrojados a la basura.
El mundo, es decir, los mares y las tierras que Dios permitió al hombre gobernar y poseer, se ahoga de mendigos, latrocinios, mafias, crímenes y plásticos.

V I
No habéis comprendido a Don Quijote: todo él es una lucha titánica por no enloquecer.
Porque si algo caracteriza al hombre, y al hombre de hoy, es esa lucha asombrosa, constante, peligrosa por no enloquecer.
Siempre teme a la locura porque está siempre al borde de ella. Y salvarla, y salvar su cordura, cada vez le cuesta más.
Le cuesta más porque hay bebés asesinados y violados ; le cuesta más porque nunca terminan de extinguirse las malditas guerras en el mundo; le cuesta más porque cada vez más el hombre vomita cuanto tiene contra su hermano y endurece su corazón para perdonar; le cuesta más porque no sabe poner límite a sus necesidades aparentes y , para lograrlas, no le importa que caigan en el barro de la perdición amigos, parientes, subordinados…
No toméis al pie de la letra el deslumbrante fuego de artificio del “Elogio de la locura”, de Erasmo. No es ella, la Estulticia, expendedora de ilusiones, la que proporciona felicidad al hombre, pues éste no será tanto más dichoso cuanto más ciegamente dependa de sus pasiones.
No. Un brote de locura no corresponde siempre a toda vida verdadera. Hemos de echar fuera, por el contrario, la locura de la indefensión, del miedo, del qué dirán, del pavor al criterio, del horror al amor.

V I I
La metamorfosis hacia el cantil siniestro de la nada, de nuestra nada, se incluye en esta declaración de Cristo a Santa Catalina de Siena: “Yo soy el que soy; tú eres lo que no es”.
Parecería lógico que después de esto ya no podamos sosegar tranquilos y que todo se nos resolviese en duda y vacilaciones, en esos inconcretos pesares constantes que nos hacen tan infelices.
De momento, no se nos olvida aquello de Max Scheler: “ Comparado con el animal, que dice siempre “sí” a la realidad, incluso cuando la teme y rehuye, el hombre es el ser que sabe decir “no”, el asceta de la vida, el eterno protestante contra la mera realidad. En comparación también con el animal, es el eterno Fausto, la “bestia cupidissima rerum novarum”, nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de su ser de ahora, de su medio y de su propia realidad actual.”
No obstante, querríamos alcanzar la extremosidad de Kierkegaard y su angustia exstencial: “Cuanto existe me angustia…; todo se me hace inexplicable y yo mismo sobre todo; todo me hastía y yo más que todo,”
Y, como mucho, quedamos amparados con la tristeza, esa segunda piel, el aldabonazo que nuestra conciencia pone a la absurda acomodación, a entrar en el palenque sin más, a consentir también con lo chabacano,lo mostrenco y con cuanto de baja estofa aquí abajo alienta. Con ella, con nuestra tristeza, ¿ aspiraremos a tan alta dignidad como la que le otorgaba Abenarabi?:
“El triste tiene la intuición del decreto divino. El triste es el verdadero contemplativo. El triste es el heredero de los profetas. El triste es el misterio de Dios en la tierra…¡Feliz aquel cuya túnica es el amor de Dios, y su manto la tristeza, y su manjar la tristeza, y su bebida la tristeza!… Ojalá que Dios infunda en mi corazón la gracia de la tristeza espiritual y de la sutil desolación !”

V I I I
La pandemia que en estos días preprimaverales azota también a la pobre España nos inclina a sacar del armario de libros y documentos en que se halla acristalado un manuscrito del siglo XVIII, aún inédito. En las fojas 1 a 3 léese:
“Notiçia de la Patria, Padres, y naçimiento de Cathalina de San Miguel; y de los suçesos, y cosas mas notables, hasta ser Carmelita Descalza; los quales refirio por obediençia a su confessor, llamado frai Antonio de la Natividad, Carmelitana Desczº.
Nota, que las notiçias que en este papel fueren puestas, son sacadas de diversas cartas, y papeles q. me escrivio estando yo ausente en otro convtº.”
Y también cómo nació en la villa de Cieza (Murcia) en los primeros días de Octubre de 1684 y cómo se le descubrió en el lado del corazón una señal a manera y de color de rosa, que le perduraba…Sin duda para dar a entender que la primera gracia quedaba en su Alma tan impresa que nunca sería marchita ni borrada con culpa mortal.
“Esto se colige, porq. hauiendo pasado quarenta años de su vida, un dia despues de hauer comulgado, tubo la locuçion siguiente: “hija essa rosa, es señal que siempre he estado,y estoi dentro del corazon.”
Como la Semana Santa de este 2020 quedará sin Procesiones y no se podrá acudir siquiera a las Iglesias, no parece que sea cosa mejor a nuestra alma que entresacar de dicho códice algunos avisos, advertencias y comunicaciones que el propio Dios humanado fue dando a la santa ciezana:
F. 29.- Una vez veía muy cerca de mí al Señor
coronado y llagado, cayendo sangre y afeado:
“Mira cómo me ponen los pecados”.
F. 30.- Que sean mis cocinas como de seglares,que
les parece que no habla con ellos la mortificación.
Procura, hija, en cuanto puedas (aunque te cueste)
seguir lo común y más gustoso a mi voluntad,
pues yo me puse en la cruz por ti.
F. 30.- Procura la mortificación, no buscando tu
regalo, sino seguirme en todo. Y pide por
tu religión [instituto religioso], que va
descaeciendo.
F. 31.- Mucho se ha de padecer, hija, para gozarme. Procura la mortificación, y no comer de carne, si no con mucha necesidad.
F. 32.- Estando en el coro en oración como absorta, veía como al Señor con una Cruz muy pesada: “Mira , hija, cómo mi Padre quiso la llevase. Y quiso que me desnudasen y azotasen. Y aun de la vestidura que traje toda mi vida, bien pobre y honesta, dispuso que estuviese desnudo en la Cruz. Y los hombres todos buscan tantos modos para vestir el cuerpo y desnudar las Almas, que es lo que me abruma y pesa esta Cruz. Y esto pasa en las religiones. Con títulos de bien, tienen muchas ropas, y con mucho reparo en que sea bueno y conforme al gusto del cuerpo, y no del Alma.
F.33.- Todo el provecho consiste en que el cuerpo esté harto y el Alma, con la tentación que se acostumbra, está hambrienta de la Gracia. – Hija, en los refectorios hay muchos enemigos incitando los apetitos; y habiéndolos de echar a que fueran a sus cavernas y estercoleros, les dan asiento, con que no medren en hacer mi voluntad.
F. 34.- El padecer es lo que hace vivir.
F. 39.- La fragancia de mi vista y Gloria no se gozará sin padecer.
F. 41.- Un día se me representó su Majestad enclavado: mira, hija, cómo me para el mundo. Tú tan vestida y arropada, y yo tan desnudo y afrentado. Pudiendo yo usar de poder, no lo hice, para que aprendan los que tienen mando, que aunque tengan mando para castigar, no lo han de hacer sino primero ver y reconocer mi voluntad.
F. 45.- …Esto mismo hace el mundo, que mientras los castigo quieren estar conmigo, y apenas los alivio y consuelo con mi piedad, se vuelven al pecado y desacatos a mi persona.
F. 92.- Hija carísima, yo me desagrado que luego que me reciben quieren comer, no teniendo la fe deben. Y por eso les pone el enemigo la flaqueza.
F. 94.- Hija, desengáñate que los males que yo doy no los entiende nadie; ni se curan con comidas y bebidas como tú lo piensas. La cura es padecer y amarme.
F. 114.- Hija,¿ no has visto a un niño dormido en los brazos de su Padre ? Aunque él no ama ni conoce el beneficio, descansa. Descansa tú en mí y yo en tu corazón, que es la morada donde yo descanso. Tú no has de ser como el niño; aunque duermas no has de dejar de amarme, y conocerme, padecer y agradecerme.

I X
Si por nuestros pecados va el Señor a la Pasión, ¿por qué , pues, pecamos ?
El Padre Luis de la Palma, en su “Historia de la Sagrada Pasión…” ( Murcia, 1719) considera en un “Preámbulo” muy sustancioso cómo fue tan grande y evidente y tan público aquel milagro de la resurrección de Lázaro, que “con el resplandor de tanta luz se acabaron de cegar y endurecer los corazones de los Judíos”. Y añade: “Porque dado caso que muchos creyeron, pero otros llenos de envidia, y de furor infernal volvieron a Jerusalén a contar y publicar lo que en Bethania había sucedido.”
Hemos subrayado lo del “furor infernal.” Es evidente que nuestras pasiones en un determinado momento nos conducen a la actitud más violenta y a las acciones más desesperadas y trágicas. San Marcos en su Evangelio discierne la verdadera pureza:
“Nada hay fuera del hombre que entrando en él pueda mancharle; lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. […] De dentro, del corazón del hombre, proceden los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, la altivez, la insensatez. Todas estas maldades del hombre proceden y manchan al hombre. “( Mc. 7, 14 – 23) .
He aquí el porqué de que muchos teólogos firmemente aseveren que el Demonio vive en nosotros, en nuestro corazón. Que no es sino la personificación del mal, la exteriorización de nuestra desventura, la escala más ínfima de la degradación angélíca.
Lucifer fue sepultado en la Gehenna por querer anteponerse o igualarse a Dios. El hombre y la mujer fueron expulsados del Paraíso terrenal por el mismo pecado de soberbia y de afán de endiosamiento.
El soberbio orgullo de las cuadrillas infernales se vio de todo punto humillado, así como desvanecidos sus pensamientos altivos de levantar su silla sobre las estrellas del Cielo ( Is. 14, 13) y beberse las aguas puras del Jordán (Job 40, 18), al consumarse la Pasión de Jesús, nuestro Señor.
Justamente al pronunciar Jesucristo la séptima palabra, según dice Sor María de Jesús de Ágreda (“Mística Ciudad de Dios,”2ªp.,lib.VI,c.23): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, “concurrió la poderosa Reina y Madre de Jesús con la voluntad de su Hijo santísimo y mandó también a Lucifer y sus aliados que al punto descendiesen al profundo.”
Pero de estos misterios no se alcanza aquí abajo conocimiento suficiente, mientras vivamos en carne mortal. Experimentamos, eso sí a cada paso, cómo los poderosos demonios señorean al mundo con formidable osadía.

X
El “Coronavirus” de ahora y el Sida de casi siempre (VIH positivo) contienden en países como Siria con diez años de guerra ininterrumpida.
En México se secuestra, viola y asesina a decenas de miles de mujeres desde hace más de un quinquenio.
Los niños en Irán, en Irak, en El Líbano, contraen enfermedades infecciosas irreversibles.
La “ revolución” sandinista no ha traído al régimen dictatorial de Nicaragua más que miseria, represión y asesinatos.
Es interminable el éxodo de venezolanos a Colombia porque allá, otrora uno de los países más ricos del Planeta, no hay medicamentos, comida, dinero ni libertad.
Si en la Yakarta de hace un cuarto de siglo el pueblo se moría de hambre, en la de hoy hay Sida, corrupción y menesterosidad por todas partes.
Aún en Filipinas queda incólume uno de los últimos bastiones de la enfermedad maldita: la lepra, en la Isla – Leprosería de Culión.
En Sudáfrica o en Estados Unidos no se extinguen nunca enteramente las fobias y enfrentamientos de negros y blancos, cuyas animadversiones seculares suponen un retroceso de vergüenza para la gran familia del mundo.
La carrera armamentística no detiene su paso de muerte porque el hombre quebranta, desde que lo es, el mandamiento de no matar.
El turismo sexual, a pesar de la admonición severísima de Jesús respecto a los pequeñuelos y las ruedas de molino al cuello para quienes los escandalicen, siguen siendo un mercado en alza para potentados del petróleo y multimillonarios vacíos de espíritu.
Los reyezuelos del petróleo, desde Arabia Saudí, dirigen aún la guerra en Yemen,y la corrupción de hombres de negocios y de miembros de la Casa Real es más que patente. Las ramificaciones del asesinato del periodista Jamal Khassogi en el consulado saudí de Estambul, en octubre de 2018, todavía no se han esclarecido ni sofocado.
El impacto de “Coronavirus” en la Economía mundial es inimaginablemente negativo y preocupante. La pandemia resucita los fantasmas de la última crisis en Europa.
Las “Danas”,en tanto, golpean el Mediterráneo español con la furia de todas las tormentas confinadas en los infiernos.

XI
La pandemia del Covid – 19 trae a los medios de comunicación imágenes espeluznantes, pero también ridículas. Que por tales conceptuamos aquellas en que una muchedumbre de personas desquiciadas, aunque sin hambre, quieren tomar la delantera para llegar antes a los alimentos del Supermercado y llenar sus carros de compra hasta las cachas sin pensar sino en sí mismas.
Este desborde egoísta deja a la condición humana a la altura del betún. ¡Qué derroche de ingenio y vitalismo para avituallarse! ¡Qué delicada flor de solidaridad la que se esparce! He aquí el refinado comportamiento de las masas luego de civilizaciones seculares.
Así como Dios nos hizo del cieno de la tierra, así la tierra nos empoza y enceguece de continuo. No somos capaces de desasirnos enteramente y con dignidad de la materia.
Fray Luis de Granada se interrogaba: “¿De dónde nace tanto olvido de Dios, tanta avaricia, tanta vanidad, tanto cuidado en amontonar riquezas, y tanto descuido en aparejarnos para la muerte, sino de creer que será muy larga nuestra vida ?”( “ La Vida y la Muerte”, c.VII ).
Con las pandemias, como ésta que padecemos, se ponen más al descubierto la debilidad de la carne y nuestra vanidad. Pues que vamos con nuestra frágil vida en la creencia de que aquellas muertes, las de los otros, no tendrán que ver nunca con la de uno mismo.
El propio fray Luis al respecto nos alecciona:
“De la manera que echaríamos la cuenta sobre una pieza de paño que tuviésemos sobre una mesa, señalando un pedazo para uno, y otro para otro, así la echamos sobre nuestra vida, como si tuviésemos nosotros el señorío y presidencia de los tiempos y de ella.
Este engaño nace de una tácita persuasión y crédito que cada uno tiene dentro de sí mismo, no de alguna razón, ni fundamento verdadero, sino de sólo el amor propio, el cual, así como aborrece la muerte, así ni se quiere acordar de ella, ni creer que tan presto vendrá por su casa, por la pena que recibiría, si esto creyese. Y de aquí nace, que de los otros fácilmente cree que presto se podrán morir, porque como no los ama tanto, no le amarga tanto el crédito de esta verdad; mas de sí es otra cuenta, porque como se ama mucho, no puede dejar de recibir pena, si viniere a creer cosa que así le lastima.” (Ibid. ,id.)
Demasiadas ya pandemias, y terremotos y maremotos en nuestro tiempo, que no es capaz de contrarrestar el hombre, con todo lo que aparentemente sabe y realiza, como para que deje de aparejarse por si viniere el Esposo y le halle con lámpara presta.
Sin alcanzar, claro, nosotros el supremo sacrificio de nuestro Señor de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, no será sino confortador el recuerdo de su palabra ante el maligno que le tentaba:
“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mt. 4,4).

X I I
Si el hombre tiene por dios a su vientre, a su trofeo, a su artista, nada humilde ni templada considerará su vida.
Con la fascinación del primero terminará el seceso. Con el brillo del segundo el tiempo y la efímera vigencia de todo. Con la idolatría del tercero la muerte.
En la vida servimos al mundo, y en la muerte llamaremos a Dios.
Aquel hijo pródigo del Evangelio tenía por justo en su conciencia que el Padre renegase de su filiación, y eso que estaba en horas de extremosidad, pero no aún en las de la Muerte. Imaginemos cuántos grados de presunción rebajaremos al cabo frente a Ella.
Con el paso fragoso de la visita o presencia en el Cementerio combaten en el hombre enfrentados sentimientos y adicciones. Lo lastiman los remordimientos. Lo desasosiegan sus culpas.
Cual en una obra en cuyas galeradas últimas atisbamos la menesterosidad y endeblez de aquel escrito, en los Cementerios la conciencia de haber hecho siempre poco por los seres queridos que allí reposan nos golpea con exceso.
El mar escupe a los muertos; las gárgolas el agua; la conciencia del hombre la desazón de haber idolatrado inicuamente a personas y cosas y la vaciedad que de todo ello resulta.

X I I I
¿ Aprende algo el hombre con la ininterrumpida serie de calamidades públicas que el Señor se digna enviarle?
Sin prueba, sin tentación, el hombre no ejercitaría su temple moral.
Vemos con tristeza escenas conyugales en que los esposos finalmente, luego de proferirse insultos soeces y vituperaciones sin cuento, tornan al abrazo y la avenencia. ¿Mereció la pena – pudieramos sacar en limpio de aquella zozobra – tanto disgusto ? La ira y el despecho, lanzados por fuerza demoníaca, señorearon el recinto de nuestra dignidad.
Las pandemias y “Danas” recientes son un buen torcedor para la conducta humana. Mas la paradoja aparente del obrar de Dios desconcierta siempre al hombre. “Cuando te curan – dice el P. Rivadeneira – , te queman y cortan, y tú das voces; mas el médico no condesciende con tu voluntad, por darte entera salud.”(“ Tratado de la tribulación”, c.I I I ) .
A más amor de Dios al hombre, más tribulación le envía. De aquí que dijera el ángel San Rafael a Tobías: “porque agradabas a Dios fue necesario que la tentación te probase.” En este mismo libro, en el cántico postrero de alabanza proferido por Tobit se lee:
“Nos azota por nuestras iniquidades y luego se compadece…” (Tob. 13, 5).
Siempre me ha sorprendido, asombrado casi, la ataraxia con que Francisco Rodríguez Marín comunicaba epistolarmente a Menéndez y Pelayo el óbito de su hija preadolescente:
“Mi respetable y querido amigo:No he podido contestar antes de ahora a su grata carta de 6 del corriente. He tenido con la tos ferina a mis cuatro niños, y la más pequeña se me murió, precisamente ese día. Figúrese usted qué vida habremos pasado esta pobre mujer y yo, viendo morir a uno de los hijos y temiendo por los demás. Éstos parece que están ya, a Dios gracias, fuera de peligro. Me los he llevado a Osuna, y allí pasarán con su madre y mi padre la temporada de verano. Yo, entretanto, aquí, al pie del cañón.”
Tanta estoica imperturbabilidad, aunque connote precisamente lo contrario, hace percibir en la sobria asunción de su desgracia y entera conformidad con la voluntad divina, al hombre total.
¡Cuántas veces no se mostrará en el códice precitado sobre sor Catalina de San Miguel cómo nuestro Señor reclama padecimientos y sacrificios para dar su piedad y otorgar sus bendiciones: [ Al fol. 67:]
“Una ocasión tuve esta locuçión: hija,qué poco confían en mí los hombres. Por quererla salvar [a Dionisia, hermana en religión de sor Catalina], le di que padeçiese. Y por no tenerla en Purgatorio mucho tiempo”.
Murió la hermana Dionisia de un zaratán.

X I V
Actúa el hombre como si en su conciencia generacional no hubiera habido nunca cabida para la desgracia.
El mismo acervo popular le recuerda que ha de convivir con la “calamidad, que se alcanza una a otra”, adagio lejana pero implícitamente requerido ya en la cultura antigua por boca del refinado Lucrecio:
“Medio de fonte leporum
Surgit amarit aliquid, quod in ipsis floribus angat.”
(“De rerum natura”,IV, 1130)
[“Del seno del placer nace algo amargo; esto aun en las mismas flores se observa”]
¡Pobres de nosotros si no nos aprestáramos por reflexión a semejantes accidentes ! Virgilio, tan consciente de este gravamen, da por resuelto que de entre todos los sufrimientos ya ningún nuevo aspecto le sorprendería inopinadamente: “ Todo lo previ y a todo adiestré mi ánimo” (“Omnia praecepi, atque animo mecum ante peregi”. “ENEIDA”, VI, 103).
El Cielo pone la medida del sufrimiento del hombre e impone la capacidad de su sacrificio. Suele ocurrir como se decía: “si gravis, brevis; si longus,levis”, esto es, cuando el dolor es violento suele ser corto y si es de larga duración suele ser ligero.
Más allá o más acá de que la consideración del dolor humano quedara recluída en un cenobio neoplatónico ni vacante entre las especulaciones, discusiones y acuerdos de algún teológico concilio, es menester que se indague la causa de que seamos débiles para soportar el mal.
Quizá nadie como Montaigne la ha expresado con tan clara rotundidad:
“Reside en que no estamos habituados a buscar en el alma nuestro principal contento; en que en ella no nos fundamentamos en tanto grado como debiéramos. El alma es dueña soberana de nuestra condición. El cuerpo no tiene, con escasa diferencia, más que un solo modo, un solo medio; el alma es variable en toda suerte de formas y dirige hacia ella y a su estado, cualesquiera que éstos sean, los accidentes e impresiones del cuerpo; por tanto, precisa estudiarla y despertar en ella sus resortes, que son todopoderosos.” (“Ensayos”, lib. I, cap. XI. Trad. de C. Román Salamero).
Blindada y extorsionada por exterioridades no permanentes; asediada por sectas cuyo afán último no es sino el dinero; vendida al mejor postor por un plato de lentejas carcomidas, el alma tiene su duermevela y aguarda se ilustre nuestro entendimiento y quede entendido, humilde, agradecido y sumamente desengañado de sí mismo.
Tantas personas de Dios entendieron que el camino no era la molicie y la continua bienandanza, sino el padecer, como Cristo mismo padeciera. Y el don más preciado que aquéllas recibían era la certeza de gozar en el cielo las ganancias de su lucha, por una vivísima y segura esperanza. Los efectos espirituales en la Clarisa Capuchina María Ángela Astorch, luego Beata, fueron, entre otros, una “estimación grande de la ocasión adversa, por la cual no quisiera, por el mundo todo, haber dejado de tener tal ocasión.” (“Mi camino interior”. “Cuentas de espíritu en Murcia”, A.1646, ap.12).

X V
No hay que ser un lince para percibir, en las grandes calamidades públicas como la que ahora padecemos denominada “Coronavirus”, los resquicios y pólenes de bien que asimismo acarrean: la solidaridad, el sacrificio, la capacidad de resistencia, el amor al prójimo, la paciencia…
A esta última la llama fray Fernando de Zárate “ pan de las virtudes” (“La paciencia cristiana”, c.I ) y es de las más costosas de atesorar por el hombre moderno, tan nervioso y desosegado y que padece por lo que viciosamente ama y anhela al instante poseer.
El confinamiento de pueblos y ciudades que, por mor del letal COVID – 19, están decretando los gobiernos, insistimos en esto, pudiera subvertir muchas actitudes viciosas del hombre de hoy.
La falta incapacidad para la comunicación ( propuesta ya en los tiempos modernos por el teatro de Arthur Miller, la filosofía de Sartre o el cine de Ingmar Bergman), ahora que el hombre está aparente y paradójicamente más “comunicado” que nunca, debe derivar hacia el diálogo fecundo entre esposos, entre padres e hijos.
El filósofo surcoreano Byung – Chul Han está insistiendo últimamente en la pérdida y expulsión de lo distinto que mejor nos caracterizaría, así como de la belleza original, sepultada en la lógica consumista y ciega de la sociedad postindustrial.
La unidad controlada en que nos hemos convertido debe dejar paso al elemento humano y espiritual, tan a la deriva. La templanza moral debe volver por sus fueros. El perdón al hermano debe sobreponerse al rencor, al odio, alas incomunicaciones por despecho y de por vida.
El virus nos puede tener prisioneros en casa, sí, pero esa prisión debe ser gustosa, fecunda, permanencia que nos espolee a la creatividad. Dibujar, pintar, escribir, leer… Ahora tienes, hombre, mujer, joven, coyuntura y ocasión para lo mejor de ti, para la renovada Obra Bien Hecha.

X V I
“Si se turbara el orden de este mundo elemental – dice el P. Juan E. Nieremberg – ; si el agua se levantase sobre el aire, y la tierra se subiera sobre los cielos, mucho más se turba la rectitud y orden de las cosas cuando una vil criatura se levanta sobre su Criador, despreciando su obediencia y ley.” (“Justicia y Misericordia de Dios”, c.I ).
¡Cuánta fiesta hay en el Cielo, dice el Evangelio, por un solo pecador que se arrepiente !
Es como si nos dijeran que allá siempre están esperando al hombre, como el Padre al hijo pródigo de sus entrañas, escrutando el camino por donde pudiera venir.
Pero obrando el hombre como obra, amarga a Dios con sus torpezas y le trae forzado a que nos castigue. Así, pues, hemos merecido el castigo y hemos sido castigados.
Si un padre de familia repartiera de manera arbitraria una tableta de chocolate entre sus siete hijos sería generoso, pero no justo. Sólo aplicará justicia si la división la hiciera en partes alícuotas. Dios no sería – y desde luego no lo es – arbitrariamente injusto nunca, precisamente porque es infinitamente bueno y santo.
Es verdad que hay mucha gente por ahí enarbolando su desprecio a Dios o simplemente confesando su ateísmo.
Pero no lo es menos que a la hora de la muerte o en condiciones y circunstancias extremas y peligrosas para la vida, muchas de esas personas habrán implorado también, de seguro, el amparo y el perdón de Dios.
Nuestra vida cotidiana no ha cambiado con el correr de los siglos.
Somos valientes y pendencieros, arrojados y donjuanes, pero de boquilla las más de las veces. Ofrecemos pasajera ostentación de afectos, vano prurito de superar a los demás en la altura y encumbramiento de amores y rangos. Somos libertinos, desenfrenados, maldicientes, perjuros, blasfemos. Nos ha gustado el desenfreno y el libertinaje, las nocturnas orgías, las relaciones con faranduleras y comediantas. Hemos herido el corazón de muchas mujeres prometiéndolas amor eterno y hasta matrimonio, de aquí que el impar Zorrilla escribiera “A buen juez, mejor Testigo”, leyenda recogida en la misma tradición toledana.
En su novelesca sátira de “El Diablo Cojuelo” (1641), Vélez de Guevara, su autor, liberando por industria del estudiante Cleofás al Diablillo encerrado en una redoma, alecciona al lector en muchas particularidades de la vida de la Corte, buhardillas y lupanares. Levantando los techos de los edificios, a la una de la madrugada, represéntase toda la carne del teatro del mundo y toda la verdad de la vida matritense a mediados del siglo X V I I . Allí – dice Cojuelo a Cleofás –
“Doña Tomasa tu dama, en enaguas, está abriendo la puerta a otro que a estas horas le oye de amor”. – “Déxame – dijo don Cleofás – baxaré sobre ella a matarla a cozes”: – para estas ocasiones se hizo el tate tate – dixo el Cojuelo – que no es salto para de burlas, y te espantas de pocas cosas, que sin este enamorado murciegalo ay otros ochenta para quien tiene repartidas las horas del día y de la noche.” (“El Diablo Cojuelo”,tr. 2º.).
Hemos quemado en hogueras a nuestros semejantes; hemos metido en casas de lenocinio a nuestras propias hijas; hemos abandonado a nuestros hermanos en pozos insalvables de muerte; hemos enviado a la vanguardia de nuestra tropas, para que muriera, al esposo de la mujer que deseábamos poseer; hemos desenterrado el cadáver de nuestra madre para quitarle sus dientes de oro; hemos violado a bebés; nos hemos jugado a los dados la mismísima vestidura de Jesucristo…

X V I I
Dios, dice fray Juan de los Ángeles, “sólo pide en recompensa de lo mucho que le debemos por nosotros y por todas las criaturas, amor” ( “El Reino de Dios, Diál. 1º., I V ).
Pero aquella demanda y esta satisfacción únicamente van en beneficio del propio hombre. Sólo éste da algo interesadamente siempre a cambio de algo. Excepto una madre, y según que madres. Hasta la limosna callejera contiene elementos de altivez y de mezquindad.
Judas preguntaba a los príncipes de los sacerdotes: “¿Qué me dais y os le entrego ?” ( Mt. 26,15 ).
Cuando Jesús explicaba a sus discípulos aquello de que “es más fácil a un camello pasar por el hondón de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”, Pedro, entonces, comenzó a decirle:
“Pues nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido” (Mc. 10, 28 ). Como diciendo: “¿Qué recompensa tendremos por esto ?”
Y la madre de los hijos de Zebedeo le pedía: “Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino” ( M t. 20, 20 – 21).
El buscador de oro, pacientemente, indaga si en el platillo con que recoge sus muestras ha quedado residuo siquiera de lo que ansía. Así nosotros, haciendo de necesidad virtud, podríamos obtener, entre las perturbaciones de la vida diaria, algún galardón que nos conduzca al supremo objeto de nuestras ansias.
Con razón nos dice fray Diego de Estella (“El Amor Divino”, c. I V ):
“ Cuando te quejas de los agravios que recibes y de la ingratitud de los hombres, con tu propia boca confiesas que no amas a Dios. Tú misma das, alma mía, testimonio contra ti, que no amas a tu Dios y Señor. ¡Oh Redentor mío y Esposo de mi alma, y qué buena y dulce vida podría llevar entre las molestias y trabajos de esta vida, si yo quisiese!”

X V I I I
Usurpar quiere constantemente el hombre atributos y magnificencias de su Creador y así desafía la santa paciencia de Dios cayendo y recayendo en lo que San Juan llama concupiscencia de ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida, tres bestias (riquezas, deleites, honras ) que oculta o descubiertamente hacen guerra al corazón y que producen otras mil que van a desviar con sus solicitaciones de muerte y echar por tierra las buenas virtudes.
Así, si el Señor acucia con que lo que Él santamente ha unido, el hombre no lo desuna, muérese el hombre por tener nueva compañera y con divorcio de la primera pasar sus días.
A más van cada año que pasa las actas de repudio y división conyugal con que se regalan hombres y mujeres, fruto de las comunicaciones irresponsables de hoy día y las permisiones mundanales que los humanos gastamos en cosas de nuestro gusto y provecho.
Si la pandemia que padecemos y otras que de seguro vendrán nos fuerzan a la reclusión en casa, que es mortificación para los más, qué dirían éstos si leyeran, por ejemplo, la “Vida y virtudes de la venerable virgen Doña Luisa de Carvajal y Mendoza”, dada a la luz en 1631 por el licenciado Luis Muñoz. Allí ( Lib. I I , cap. IV ), después de referir el orden estricto de sus jornadas, en que no perdía nunca un átomo de tiempo ni le tuvo nunca ocioso, dictamina el autor:
“Con este tenor de vida no es necesario decir cuán grande era el encerramiento de la casa, ni encarecimiento; que una persona pía, hombre casado, que por el gran nombre de la santidad de Dª Luisa deseó verla la cara, pasando cada día muchos años por su casa no viese mujer a ventana o puerta. Fuele monasterio su aposento, gozó en medio de lo turbulento de una corte de la quietud de un desierto, conocida a Dios, desconocida a los hombres.”
El “ coronavirus” de ahora se está llevando de este mundo a muchas, a demasiadas personas quizá. Otras yacen en cuarentena; otras mas graves, en el lecho del dolor. Mas no son las enfermedades desdenes de desfavorecidos, sino prendas de amistad de Dios.

X I X
¿ Qué avances espirituales pudiera el hombre del siglo XXI ofrecer a Dios a cambio de tanto beneficio como ha recibido de Él ? Casi ningunos. Pues que se ha empecinado en conseguir solamente los materiales y propiamente del mundo.
Si contemplamos las ciudades más populosas, ¿ qué percibimos en ellas? Casas de juego, de prostitución; suburbios de menesterosidades; bares de blasfemia; barrios portuarios dedicados a la droga y su comercio y adicción; basura por todas partes; prurito de amasar dinero caiga quien caiga; crímenes, violaciones, torturas, divorcios, trata de blancas, marginación, niños hambrientos, abortos, tributos, infelicidad…
Casi lo mismo que veían ya Cleofás y el Diablo Cojuelo, en el siglo XVII , bajo los techos de las viviendas de la Villa y Corte…
El hombre amasa para aquí abajo sus miserables tesoros y mata por ellos.
El hombre es un lobo para el hombre y lo asedia, lo tortura y lo mata.
El hombre odia a su hermano porque no está de acuerdo con la herencia paterna repartida, y ya nunca más cruzará la palabra con él .
El hombre, como decía el Cardenal Cusano, lleva siempre a sus espaldas una “docta ignorancia”. Con sus aparentes avances científicos, se engríe y endiosa. En la materialidad efímera de sus placeres se engolfa. Entre la miseria de sus pobres pertenencias entretiene sus días.
Prepara constantemente sus guerras, su armamento, su espionaje.
La urgencia y desasosiego del producir queman sus nervios año tras año.
Los contratos de trabajo que hace firmar a su hermano son transicionales y vejatorios. Lo explota en el salario y en su humana condición.
Lo asfixia con la usura, lo estrangula con las hipotecas.
Lo mete en campos de concentración y de exterminio…

XX
Se acercan ciertamente tiempos de incertidumbre, de tentación y de prueba.
El hombre, en su debilidad y alejamiento de Dios, se alarma y acongoja en seguida.
Espiritualmente, es un niño sin anclaje ni determinación. Ojalá que en las tribulaciones se afiance su esperanza y su estoicismo y pueda proferir, con San Juan XXIII:
“Acogeré a mi amiga la Muerte en cualquier forma en que el Señor se digne enviármela.”
Dios es el apoyo único, el que de veras y solamente le sirve al hombre. Todas las otras apoyaturas son de chamizo y de vedijuela.
Pudieramos entonces repetir con el perseguido Apóstol San Pablo: “…Estamos en apuros, mas no quedamos sin recursos” (2ª. Cor. 4,8).
Dada, empero, la condición humana es más que posible que el hombre siga con sus ojos empañados por el ludibrio del lujo, de la vanidad y de los placeres.
Aún está a tiempo del amarre firme, rocoso, inconmovible, inalterable.
El tiempo se agota, como la paciencia de Dios
Los avisos son ya muy serios, acaso postreros. Urge abandonar los continuos peligros del mundo enemigo y las provocativas tentaciones del siglo.
Como en los terremotos, la tierra, que creíamos firme y segura, se abre misteriosa y lúgubremente.
El que hoy no se apareja, más pereza tendrá mañana que hoy.
Ahora, hermano, salva tu alma.
Dios o nunca .
